X
POR LEOPOLDO FERNÁNDEZ >

Se acabó la fiesta

   

Para una parte de los indignados, se acabó la fiesta; para otra, además, comienza la hora de la verdad, la lucha en favor de la plasmación de los acuerdos de estos días, debatidos en comisiones y asambleas interminables, donde lo imposible se fraguaba junto con demandas sensatas -sobre mejor calidad de la democracia, castigo de las múltiples formas de corrupción, más transparencia administrativa, etc.- compartidas por la práctica totalidad de los ciudadanos. La inmensa mayoría de los indignados han vuelto a casa, han suspendido sus actividades o están a punto de hacerlo, tras ocupar durante un mes espacios de titularidad pública que tomaron como propios contraviniendo las reglas de juego vigentes. Rubalcaba dejó hacer en una medida que, quizás prudente aunque ilegal, logró el objetivo de no causar males mayores de haberse consumado la disolución de las concentraciones por vía expeditiva. El peculiar fenómeno de protesta popular, nacido a través de las redes sociales en las que seguirá teniendo vida propia y cauce para el mantenimiento de una ilusión que no debe morir, ha ido decayendo y perdiendo sentido con el paso de los días. Las razones son múltiples, pero sobre todo cuentan el contenido de algunas propuestas y las protestas -unas con insultos y generalizaciones, otras a base de caceroladas, algunas más en plan coercitivo- ante el Congreso de los Diputados, parlamentos autonómicos y corporaciones locales. No se puede pedir más y mejor democracia y a un tiempo negársela a las instituciones más representativas fruto de la voluntad popular. Todo lo que no sea respetarlas constituye un acercamiento a situaciones de radicalidad, algarada y agitación antisistema. Conviene volver al espíritu original de este movimiento que nació como fruto del hartazgo colectivo por los modos políticos de actuar, como catarsis regeneracionista colectiva. Deben tomar nota los indignados, para no caer en manos de extremismos marginales, pero también el Go-bierno, que durante semanas ha consentido sin inmutarse situaciones kafkianas y daños a terceros. El desencanto ciudadano, incluso el malestar social, sobre todo entre los jóvenes, existe. Si los partidos políticos no son capaces de recogerlo y rectificar sus comportamientos, los indignados volverán; no sé cómo, ni cuándo, ni cuántos, pero volverán. Y será bueno que lo hagan si que con ello contribuyen a forjar una conciencia colectiva para evitar que los problemas vayan a más. Pero deberán actuar desde la buena fe, con escrupuloso respeto a la legalidad vigente y a los principios esenciales de la democracia, que son irrenunciables y que a todos obligan, también a los indignados.