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POR ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ >

Semprún

   

La muerte de Semprún quizás sea ocasión para reparar el extraordinario fenómeno que representa la memoria humana. Yo solo quisiera, en estas cuatro líneas, apuntar a una circunstancia curiosa de la memoria, que es su tratamiento furibundamente moralizante en nombre de una verdad que es una estúpida forma de superioridad moral. Recuerdo que hace pocos años se difundió -aunque Semprún no lo ocultó nunca explícitamente- que el escritor había sido un kapo en Buchenwlad: uno de los prisioneros que elegían los nazis para ejercer como policía interna entre el resto de los detenidos. Daba lo mismo que la condición de kapo no se obtuviera precisamente por oposición, que si rechazabas ser kapo te volaran la cabeza, que todos los kapos no fueran exactamente iguales. Semprún había sido un kapo y eso bastaba para negarle la misma condición de víctima, cuando no para acusarlo de ser un canalla colaboracionista, una monstruosidad que se ha repetido una y otra vez con satisfacción impune y miserable. Muchos años más tarde Semprún se convirtió en un escritor en lengua francesa. Por supuesto, se trata de una elección que no era tolerable ni para la carcunda franquista ni para los gestores culturales de la democracia transacional: este hombre ha traicionado lo más sagrado de la patria, que es la lengua, para ser pedantescamente más francés que cualquiera. Peor aun ocurrió cuando el éxito, el dinero, la instalación entre las élites políticas y sobre todo culturales de Francia lo transformaron en un escritor rico y galardonado, y no se diga, cuando aceptó el cargo de ministro de Cultura de Felipe González. Jorge Semprún, obviamente, se había vuelto muy de derechas, en sus sórdidos tejemanes con los poderosos del mundo. A los que suscribieron estas cerriles necedades, que todavía hoy he podido leer en la red, me gustaría verlos visto en el Madrid de los años cincuenta, perseguido ferozmente durante cerca de quince años por los grises y por la Brigada Político-Social, reconstruyendo el PCE en el interior del país, afiliando a estudiantes y profesores universitarios, imprimiendo octavillas en sótanos a la luz de las velas, organizando huelgas y manifestaciones generalmente fallidas o abortadas, con la pistola de la dictadura a pocos metros de la cabeza. La memoria no consiste únicamente en recordar cosas, sino en saber entenderlas cabalmente. La memoria no consiste en un obsesivo juicio sumarísimo, sino que forma parte de un proceso de aprendizaje de los hombres y de sus éxitos, afanes y fracasos. En los libros de Jorge Semprún, precisamente, nos espera esa memoria lúcida donde las luces y las sombras dibujan el perfil de un siglo esperanzado y atroz que sigue siendo el nuestro.