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NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Silvio Berlusconi

   

Los italianos, incluso quienes aún le votan (porque perdió sus feudos de Milán y Nápoles, Trieste, Cagliari y otras muchas ciudades), tienen una convicción: Italia resistirá a Berlusconi. Como soportó a los sátrapas y la degradación en el cenit y caída del Imperio, sobrevivirá Il Cavaliere, que une poder e intereses privados; posee para su uso y abuso un monopolio informativo (con extensiones en España) y el control de los medios públicos; legisla a su antojo para eludir el bosque judicial que aguarda a su trapacería y negocios dudosos e, incluso, a la avidez sexual de que presume (aunque sólo sea por estética debería guardar esas pulsiones en su esfera íntima); ejerce y azuza la xenofobia; afrenta con sus modos a sus colegas europeos, y ha bajado el listón de la economía y dejado obsoletas las infraestructuras heredadas; y, además, nos sorprende, con frecuencia, con excentricidades verbales y presunciones musicales porque, para colmo de los colmos y desprestigio de sus afinados compatriotas, canta temas románticos y, como Nerón y Hugo Chávez, canta muy mal. Ha degradado el ejercicio de la política y en la cima del descaro, coquetea -sin mucho éxito- con la jerarquía católica, compra voluntades y protagoniza anuncios patrióticos. El último, emitido por la RAI, es una cruel paradoja que mueve las tripas. Con la sonrisa que le permite el botox, declara: “Visita el país que ha regalado al mundo el cincuenta por ciento de los edificios tutelados por la Unesco”, y anota cien mil iglesias y monumentos, cuarenta mil edificios históricos, tres mil quinientos museos, dos mil quinientos sitios arqueológicos y mil teatros”. Deslegitimado por los hechos -sus gobiernos se desentendieron de modo vergonzoso de la defensa de la cultura y el patrimonio-, el milanés, demasiado pequeño moralmente para hablar del asunto, ignoró las demandas de los funcionarios que atienden ese legado de la humanidad, directores, conservadores y empleados; prepara una amnistía para los expolios perpetrados en yacimientos e instalaciones culturales; recortó drásticamente las ayudas a las fundaciones y espantó a los mecenas tradicionales, con sus propósitos de la privatización de la gestión de lugares emblemáticos, entre otros, el propio Coliseo, en pro de sus peligrosas amistades. Pero no pierdan la esperanza, la capacidad demoledora del sujeto no podrá contra una nación que, desde hace milenios, y para pasmo del mundo, hace ejercicios funambulescos, baila en la cuerda floja y no cae, a Dios gracias.