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ANÁLISIS > POR MOISÉS MORERA MARTÍN

Sudán se rompe en dos

   

Como diplomático uno aterriza en un nuevo país con la ilusión de identificar pronto los actores, los retos y los engranajes que lo mueven. Uno estudia la historia reciente con ansias de conocer las claves del presente y -sin jugar a adivino- hacer conjeturas sobre el futuro para poder adelantar posiciones y recursos. Pero esta vez me he llevado un fuerte encontronazo con la realidad y mis ambiciones se han visto frenadas, pues un país como Sudán exige mucho tiempo y dedicación para comenzar a entenderlo.

Tras 20 días en Sudán no dejo de asombrarme por la cainita historia que le precede y por el enorme drama humanitario que está viviendo este país. Nada hace prever una mejora de la situación en las próximas semanas y meses, ante la inminente declaración de independencia de Sudán del Sur, prevista para el 9 de julio.

Sudan es el país más grande de África, cinco veces el territorio español. Ocupa el 8% de la superficie del continente. Los sudaneses frecuentemente lo describen como un microcosmos de África, pues tiene desiertos en el norte, selvas tropicales en el sur, está dividido por uno de los mayores ríos del planeta, el Nilo, el cual es fruto final, en su descenso hacia Egipto, de la unión del Nilo Blanco, que viene de Uganda, y del Nilo Azul, que viene de Etiopía, encuentro que se produce en el mismo centro de la capital de Sudán, Jartum. Tiene la mayor variedad de vida salvaje del este de África y es uno de los países africanos con mayor diversidad étnica, con cerca de 20 tribus importantes y más de 170 lenguas autóctonas.

A esto hay que unir las complicadas y muchas veces violentas relaciones entre esa gran variedad de familias, tribus, pueblos, condados y estados, el cruento enfrentamiento religioso -el norte musulmán y el sur cristiano- y el dolor generado por la esclavitud -que aquí escribió capítulos para olvidar, como el histórico sometimiento al que han estado sujeto los pueblos negros del sur por el norte árabe-musulmán-. En esta lista de dramas hay que sumar la extrema pobreza, las grandes hambrunas, el duro clima, el aislamiento internacional, al estar sometido a un embargo y lo que describió Eduardo Galeano como la maldición de los recursos naturales, es decir, un país rico en recursos con un pueblo analfabeto viviendo en la miseria. Otro elemento que complica aún más la situación es que Sudán está incluido desde 2001 en la lista de los siete países del mundo que albergan y patrocinan el terrorismo internacional.

Fuera de sus fronteras, Sudán es hoy destacado por haber puesto fin a una larga y sangrienta guerra que arrastró -con breves periodos de paz- desde su independencia en 1956 hasta la firma de los Acuerdos de Paz en 2005. Ese acuerdo preveía la celebración de un referéndum en el que la población del sur debía decidir si continuaba unida al norte o se separaba de él. El 98% de los sureños se manifestaron a favor de la independencia y, fruto de ello, el próximo 9 de julio nacerá el país número 54 del continente africano. Así, tras 50 años de guerra civil, de tragedias humanitarias y de luchas por los recursos naturales, la independencia del sur parece una noticia que festejar. Ya se están preparando grandes fastos, que durarán tres días, con la presencia de numerosas delegaciones extranjeras para celebrar el nacimiento de Sudán del Sur, con capital en Juba.

El sur heredará el 25% del territorio del antiguo país, 8 de los 40 millones de habitantes, 10 de los 23 estados, el 75% del petróleo nacional, pero con un único oleoducto que obliga a sacarlo por el norte y gran parte de la cooperación internacional destinada a todo Sudán. Pero el Sur heredará, sobre todo, muchas dudas e interrogantes.

A falta de un mes para tan magno evento Sudán no ha definido con claridad las fronteras que la separarán del nuevo estado sureño. Justo a la altura de las nuevas fronteras se encuentra la región de Abyei, rica en pastos, ganadería y bosques, y aparentemente en petróleo, zona de acuerdos de larga data por los que las tribus Dinka Ngok, negros del sur y los Misseriyas, árabes del norte, se repartían los pastos y el agua al mismo tiempo que reclamaban las tierras como suyas. El equilibro era siempre frágil. Esta región no está delimitada por los Acuerdos de Paz, los cuales preveían la celebración de un referéndum que no se ha producido aún. La falta de acuerdo sobre el censo electoral provocó un duro enfrentamiento entre dichas tribus en 2008, causando un centenar de muertos y 50.000 desplazados. El siguiente capítulo de esta historia se escribió hace unas semanas cuando fuerzas militares del norte ocuparon y arrasaron la mayor parte de la ciudad de Abyei y desplazaron a 96.000 pobres de solemnidad, según Naciones Unidas, que ha descrito la situación como limpieza étnica. El número de muertos es aún objeto de debate entre diplomáticos. La reacción de la comunidad internacional ha sido de enérgica condena de los hechos y de gran preocupación, ante el deterioro de la situación humanitaria y el miedo de que esta crisis pueda llevar más inestabilidad a los estados vecinos de Kordofan Sur y Nilo Azul, los cuales se convertirán en el sur del norte de Sudán.

Esta nueva incursión del ejército del norte ha sido el momento de mayor riesgo para el proceso de paz desde la celebración del referéndum independentista el pasado 9 de enero. Algunos observadores ven en esta ofensiva un intento premeditado del norte por hacerse con el control militar de las zonas de producción petroleras en el sur del país ahogando de este modo la economía del sur de Sudán.

Otro fenómeno a tener en cuenta es la llamada “rebelión de los generales”. Desde mediados de 2010 altos mandos del Ejército del sur de Sudán (SPLA) han desertado junto a unidades y constituido grupos rebeldes. El motivo de estas escisiones se encuentra en las diferencias en torno a los candidatos que presentó el Movimiento de Liberación Nacional del Sur (SPLM) a las elecciones de gobernadores estatales de abril de 2010. Ante acusaciones de fraude, varios miembros destacados del SPLM se presentaron como independientes y al perder las elecciones se levantaron en armas creando sus milicias. Estos militares, de origen sudista, pero adeptos al norte, han preferido desertar y no integrarse en las Fuerzas Armadas del Sur. Hay al menos siete milicias rebeldes que se enfrentan actualmente al gobierno, lo que se ha convertido en uno de los mayores riesgos para la viabilidad del nuevo estado y una fuente de tensiones recurrentes con el Gobierno del norte.

Por su parte, Darfur, la catástrofe humanitario por excelencia del siglo XXI, no deja de enviar pésimas noticias. Sus orígenes se encuentran en el enfrentamiento tribal entre negros africanos y árabes blancos por el territorio. Tras su inicio en febrero de 2003 con ataques del denominado Frente de Liberación de Darfur a posiciones del ejército regular y un complicado desarrollo bélico, político y diplomático, se firmó en Nigeria un Acuerdo de Paz en mayo 2006. En agosto, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó enviar 17.300 cascos azules para pacificar la enorme región de Darfur -del tamaño de España-, lo cual fue enérgicamente rechazado por Sudán, que lanzó una gran ofensiva el mes siguiente haciendo añicos el Acuerdo de Paz. En 2007 la ONU presentó un nuevo plan para Darfur y decidió el envío de 26.000 soldados en una decisión calificada por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, como “histórica”.

Las instituciones internacionales más respetables reconocen un balance de alrededor de 350.000 muertos y unos 2.000.000 de desplazados. Los EE.UU. calificó este resultado de genocidio. En marzo de 2009, el Tribunal Penal Internacional ordenó la detención y envío a La Haya del presidente de Sudán, Ahmad al-Bashir, de su ministro del Interior y del líder de la milicia janjaweed aliada del Gobierno de Jartum por presuntos crímenes de guerra y contra la humanidad en la región de Darfur. En un segundo paso se les acusó también de genocidio. La orden sigue vigente.

Hoy la Misión de la ONU en Darfur, Unamid -cabe recordar que Sudán es el único país del mundo con dos misiones de la ONU- cuenta con 10.500 efectivos militares y 4.000 civiles y un presupuesto de mil millones de dólares para ayudar a la pacificación de la región y atender a casi 2.000.000 de personas que viven en campamentos maltrechos, superpoblados y peligrosos. Otros 220.000 refugiados han cruzado la frontera para huir a Chad, el país vecino. Es curioso que en círculos diplomáticos a esta enorme tragedia se denomine “conflicto de baja-intensidad”.

Con toda esta dosis de dura realidad lo único cierto y palpable en este país es la desdicha humanitaria que hoy conoce, los esfuerzos de la comunidad internacional por mitigar este dolor y la ilusión no oculta de los sureños de romper los lazos con el norte y ser mínimamente viables tras el nacimiento de su país. A partir de este punto, hay más preguntas que respuestas sobre lo que pasará en las próximas semanas en materia humanitaria y de seguridad y sobre la fortuna del nuevo Estado soberano e independiente de Sudán del Sur, el 193 de la comunidad de naciones.

Espero poder dar alguna luz sobre estos puntos a lo largo de mi misión, ahora desde Jartum y próximamente desde Juba.

Moisés Morera Martín es Diplomático palmero destinado a Juba, sur de Sudán