X
LOS IDUS DE MARZO > POR JORGE BETHENCOURT

Una bomba de relojería

   

Hace unas semanas fuimos portada de diarios británicos y alemanes, además de aparecer de forma significada en las principales redes sociales, a causa de un sonado (lo que en jerga médica se denomina perturbado mental, aunque el término se preste a confusiones ya que podría aludir a un político contemporáneo) que cometió un espeluznante asesinato, con decapitación incluida, en el Sur de Tenerife. Casos como el del indigente búlgaro, que eligió una víctima al azar y se ensañó con ella, son imprevisibles y ocurren en muchos lugares del planeta. Pero a nosotros nos llevan a las portadas de los tabloides sensacionalistas que, con incentivos o sin ellos, parecen disfrutar desmontando la idea de que las Islas Canarias son un paraíso de seguridad. Y cada día que pasa lo tienen más fácil.

Los núcleos turísticos de las dos grandes islas de Canarias se están convirtiendo, desde hace algunos años, en zonas inseguras. Se dan todas las condiciones para que lo sean. Grandes masas de población inmigrante que no han tenido tiempo material de insertarse sin traumas en la sociedad local, épocas de expansión económica que concluyen en una crisis y la pérdida de empleos, actividades de grupos organizados para diferentes tipos de delincuencia al calor de una zona de fuerte actividad de consumo de miles de visitantes y una insuficiente dotación de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado exitosamente completada por municipios cuyas fuerzas de policía local no se han planteado tener en cuenta la gran masa de población turística.

Con sólo echar un vistazo se pueden ver los síntomas. En pocos años han pasado por las páginas de los periódicos brutales sucesos (el matrimonio inglés asesinado en Las Chafiras, el cadáver encontrado en una cuneta en Guargacho, un ciudadano británico de 71 años asesinado en su casa del Sur, la mujer que apareció en una pista de Valle San Lorenzo, el cadáver que apareció flotando en Los Abrigos, el súbdito italiano muerto en Torviscas, el reciente tiroteo en un descampado en Arico…). A todos estos casos se pueden sumar las inquietantes detenciones de un mafioso italiano, Salvatore Marino, o un general croata perseguido por crímenes de guerra, Ante Gotovina. O el penoso espectáculo de un policía local que lleva a su detenida a tomar un cortadito al bar de una gasolinera -de lo más normal, vaya- y protagoniza ante las cámaras de seguridad un espeluznante show de violencia gratuita. O la víctima mortal de unas rocas que se desprenden de una ladera y acaban cayendo hacia una playa. O los frecuentes abusos sexuales y violaciones que sufren algunas turistas y que se publican como un deleznable goteo de ácido en las páginas de la prensa local, como si no pasara nada.

Muchos de estos casos acaban saliendo en las páginas de la prensa de los países cuyos ciudadanos tienen pensado visitarnos. Y es una paradoja, ciertamente triste, que los poderes públicos gasten nuestro dinero haciendo publicidad de las excelencias climatológicas de Canarias en Islandia, sin que se hayan planteado seriamente una política de información que responda a las noticias escandalosas que se publican sobre la inseguridad de las Islas. Sin que se haya considerado como tema realmente estratégico garantizar la seguridad en los núcleos turísticos, que no sólo es una obligación de los poderes públicos (que nos cobran por ello y nos prohíben la autodefensa), sino una condición esencial para que funcione el principal motor de nuestra economía.

Junto a la crónica de los sucesos “graves”, subyace otra apenas perceptible. El crecimiento de la pequeña delincuencia, la degradación de la seguridad jurídica y del trato a nuestros visitantes. Personas que compraron una vivienda en las Islas, que invirtieron aquí su dinero y que han sido estafadas por particulares o afectadas por la demencial normativa urbanística española. Clientes que son engañados de forma habitual en tiendas donde se les venden productos deficientes o simplemente falsos. Turistas a los que se les sustrae sus propiedades de las habitaciones, a los que se les roba cotidianamente en las playas, a los que se persigue por las calles para intentar venderles quincalla, a los que se les vende un reloj dentro de una caja vacía, de los que se abusa en algunos establecimientos comerciales y de restauración.
Hace poco, el historiador británico Henry Kamen le propinaba al ministro José Blanco uno de esos correctivos que duelen. A propósito de la visita de Blanco a Gran Bretaña, intentando estimular la compra del millón largo de viviendas sin vender existentes en nuestro país, le recordaba la inseguridad jurídica existente en España en el tema inmobiliario, las estafas que se han realizado impunemente con ciudadanos británicos que han invertido sus ahorros en nuestro país y la “confiscación” de viviendas por parte de los bancos que pactaron condiciones abusivas de crédito. “Qué ha hecho el Gobierno y los bancos con todas esas casas y pisos embargados?” -se preguntaba-. En un país verdaderamente socialista, en un país realmente cristiano, el Gobierno y los bancos intentarían remediar la miseria con políticas encaminadas a devolver las casas a la gente que las perdió y reformaría las escandalosas leyes sobre hipotecas. En cambio, el Gobierno (…) las ofrece en su lugar a otras personas con la esperanza de obtener más beneficios para un Tesoro en bancarrota y llenar aún más los bolsillos de los bancos. Tal vez el acto más vergonzoso del Gobierno ha sido el intento de vender el stock de viviendas vacías a personas fuera de España. Queda poco que decir cuando uno lee munición de este calibre. Y aún menos cuando en estas Islas comprarse una vivienda puede acabar en una monumental estafa, en que la asalten cuando sus propietarios estén en su país, en que la expropie cualquier administración según alguna caprichosa nueva reglamentación o, por poner, en que los compradores acaben suicidándose en el camino de conseguir cualquier permiso de obra o licencia del ayuntamiento de turno.

Muchos no han acabado de entender que si vivimos con cierta prosperidad es precisamente por los doce millones de personas que eligen visitarnos. Por las miles que han decidido invertir aquí sus ahorros en una vivienda. Por todos ellos, que gastan aquí sus ahorros o jubilaciones.

Pero tal parece el sino de los tiempos. Los bancos, que declaran beneficios multimillonarios, se quedan con nuestras casas cuando no podemos pagar las hipotecas, en tanto que el Gobierno les presta nuestro dinero para que puedan pagar sus créditos. Los políticos, que viven para nosotros, se ocupan de zaherirse pero no de resolver nuestros problemas sino los suyos, nos recortan los derechos de jubilación y no son capaces de garantizar nuestra vejez, pero no se tocan sus privilegios y gabelas. Y nosotros, que vivimos del turismo, nos ciscamos en esos guiris con aspecto de langosta termidor a los que intentamos metérsela doblada desde que cogen el taxi en el aeropuerto hasta que hacen largas colas para mandarse a mudar. Una cadena atrófica de despropósitos donde el huésped acaba devorando al anfitrión y suicidándose con todo éxito. Sin embargo, cuando uno lee que la nueva policía canaria, en una eficaz intervención, ha decomisado 31 kilos de pescado y nueve kilos de lapas, pescadas de forma ilegal en la zona de El Socorro, se queda mucho más tranquilo. Es justamente lo que necesitamos. Vamos por el buen camino. ¡Manda huevos!

www.jorgebethencourt.es
Twitter@JLBethencourt