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LA COLUMNA > POR MANUEL IGLESIAS

Vuelve Fernández de la Mora

   

A lo largo de estas semanas en que hemos vivido las pugnas entre los partidos por hacerse con el control político de ayuntamientos, cabildos y otras instituciones, se ha escuchado y leído con frecuencia descalificaciones al proceso, porque, se suele decir, es un espectáculo de lucha por el poder.

Pero la lucha por el poder precisamente es el objetivo de unas elecciones. Esto no es un duelo de cortesías en las que se cede gentilmente para que el otro pase delante por la puerta, sino que esta porfía es consustancial a un sistema democrático y se produce hasta que se estabiliza un gobierno. Escandalizarse porque los políticos y partidos entran en lid por el poder después de unos comicios, es como ver un partido de fútbol y criticar airadamente “¡es que se están disputando un balón!” Pues claro, de eso se trata.

Pero como en un partido de fútbol, se sabe lo que tienen que hacer, pero también importa el cómo se hace. Ahí sí cabe la reacción airada de comentaristas y espectadores, porque cuando las normas no se cumplen o las indicaciones de los técnicos se ignoran, de manera que, por ejemplo, una parte del equipo propio se une al adversario para pasarles balones y que tiren a puerta más cómodamente, se produce la confusión del aficionado y la sorpresa desagradable.

En estas semanas se han visto algunas de esas extrañas triquiñuelas, especialmente en los ayuntamientos, con pactos un tanto sorpresivos y que parecen contradecir la lógica. Es fácil identificar a sus protagonistas, porque los pactos que son un tanto contra natura siempre se justifican diciendo que se trata de acuerdos en beneficio del pueblo, sin más datos. Cuando usted escuche eso de que en los ayuntamientos no importan las ideologías, sino resolver los problemas de los vecinos, ¡tate!, allí hicieron algo que no se puede defender por sí mismo. ¿Cómo no van a importar las ideologías? El PP propone eliminar impuestos, privatizar servicios y eliminar personal. El PSOE hablaba de mantener o subir ciertos impuestos, continuar con servicios de control público y no aplicar reducciones de personal. ¿Es lo mismo?

Le suelen añadir eso de los que los partidos o la dirección de éstos no debería influir en los pactos en los pueblos “donde no hay ideologías”. Seguramente, quienes así opinan estarán de acuerdo con estas palabras: “Actualmente, el uso del debate es inútil, ya que las decisiones se toman entre los dirigentes de los partidos antes de que comiencen las sesiones. El aumento del poder de los partidos ha llevado a la desaparición de la separación de poderes…” Y estas otras para los indignados en general: “El gobierno del pueblo por el pueblo es un mito, y las élites de la partitocracia, a través del control de la judicatura y de los medios de comunicación, son de hecho dirigentes oligárquicos…”

Por si les interesa a los concejales disidentes para aumentar sus argumentos, éstos están en el libro El crepúsculo de las ideologías, de Fernández de la Mora, teórico del franquismo.