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Por Rafael Muñoz* >

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La historia da tablado al discurrir de las sendas personales. Derrotas que con frecuencia se cruzan más veces de las que nuestros ciegos antojos mundanos nos dejan ver. A sabiendas de que las hambrunas vuelven a Somalia, y que Sudán renace, el pasado 18 de julio, uno de los personajes más importantes de la historia contemporánea celebraba su nonagésimo tercer cumpleaños. ¡Ahí es nada! Xhosa de nacimiento, Nelson Mandela obtuvo su formación universitaria bajo aquel engendro de maldad y represión que se hacía llamar Apartheid; estudiando y titulándose a distancia como letrado, bajo un ordenamiento jurídico que directamente atentaba contra sus más elementales derechos como ser humano. Los procesos de Rivonia entre 1963 y 1964 permitieron al régimen de Pretoria encarcelar a numerosos activistas anti-apartheid; procesándolos bajo las acusaciones de sabotaje y terrorismo. Condenas que en la Sudáfrica blanca se pagaban con la pena capital. Mandela y otros líderes del African National Congress serian confinados a cadena perpetua en la prisión de Robben Island. Un islote con vistas a las cuidadas zonas residenciales de Ciudad del Cabo; donde la principal actividad de los reos políticos era el trabajo forzado; picando piedras de sol a sol. Imagino que cuando menos, una reclusión de casi treinta años da para pensar. Poca gente sabe que Madiba, como cariñosamente se le conoce, tuvo la inteligencia, pero sobre todo la generosidad humana de estudiar y comprender la conciencia de sus carceleros afrikáners; aprendiendo el afrikaans con objeto de poder acceder a la literatura y el pensamiento de la denominada Tribu blanca. Mandela profundizó en la angosta y oscura cognición afrikaner para intentar comprender el porqué del Apartheid. Tesis enraizadas en el calvinismo y la concepción de pueblo elegido que los primeros granjeros neerlandeses tenían. Percepción, en buena parte, anclada en una interpretación trastornada del Antiguo Testamento, donde la crueldad siempre se excusó bajo el parapeto del miedo. En 1969, y con objeto de eliminar a un incomodo preso político que era aclamado en las calles de Londres y Nueva York, el refinado Servicio Secreto Sudafricano planearía su asesinato bajo una supuesta huida; habiendo que esperar hasta los años ochenta, con un país cada vez más aislado de la comunidad internacional, para que el régimen blanco empezase a percibir el callejón sin salida en el que se había convertido el apartheid. En 1985, el primer ministro Botha le ofrecería la libertad a cambio de que renunciase a sus convicciones políticas; siendo tal ofrecimiento rechazado bajo la férrea convicción, de que sólo la libertad entendida como un hombre un voto era aceptable. No hay cuartillas suficientes para relatar la humanidad de su efigie; pero siempre recuerdo con especial devoción, como en las vísperas de la Copa del Mundo de Rugby de 1995, hizo calar en los Springboks [selección sudafricana de rugby] la responsabilidad de que la futura cimentación de un estado libre, recaía, y nunca mejor dicho, sobre sus hombros. El inquilino de la celda 46664, daría otra lección de magnificencia vistiendo el polo verde y amarillo de los Springboks. Vellocino sagrado para los sudafricanos blancos; simbología de la opresión racial vetado hasta entonces a los jugadores negros; pero sobre todo, convenciendo a un grupo de hombres blancos que criados bajo el fuerte adoctrinamiento afrikaner, debían de sentir el nuevo himno nacional bajo la responsabilidad de unir a una sola nación. La herencia política y social del país ha sido muy dolorosa; representando a ojos de los analistas un autentico desafío institucional. Asesinos y victimas, bajo la Comisión para la Reconciliación y la Verdad, se han dado un perdón mutuo. Embajada creada para sanar la memoria nacional. ¡Gracias Madiba ¡

* Centro de Estudios Africanos de la ULL