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Por Mario Santana >

7 de julio, San Fermín

   

Viendo los encierros de esta semana, he recordado los de 2008. Aquel 10 de julio un padre corrió junto a su hijo de diez años delante de los cabestros de cola del encierro. Los padres estaban separados y la guarda y custodia del menor la tenía la madre, pero, sin embargo, el niño se encontraba esos días con el padre en cumplimiento del régimen de visitas. La cuestión es que un corredor habitual de los Sanfermines y su hijo ávido de emularlo en el marco de la cultura local, una vez pasados los toros bravos a lidiar, corrieron delante de los mansos de cola que cierran el encierro. Las imágenes fueron captadas por algunas televisiones y las consecuencias fueron inmediatas. La madre solicitó, por un lado, la condena penal al padre por un delito contra los deberes familiares del artículo 226 del Código Penal, y por otro, que se suprimiera el régimen de visitas, comunicaciones y estancias del menor con su padre. En cuanto al delito, el titular del Juzgado de lo Penal Nº 4 de Pamplona absolvió a don Alberto, que así se llamaba el padre; sin embargo, en cuanto a la supresión del régimen de visitas, un juez de Fuenlabrada, donde residía la madre, ordenó que de forma inmediata el menor regresara junto a su madre, prolongándose la separación impuesta entre padre e hijo por más de seis meses, hasta que finalmente fue restablecido el contacto.

Como es de ver, en el caso analizado podríamos decir que la cosa quedó en el susto. Pero chiquito susto. Y además resulta imposible evaluar las consecuencias psicológicas que tuvieron para padre e hijo los acontecimientos del suceso: imágenes televisivas, demonización de media España al padre que metió a su hijo en un encierro y, sobre todo, la separación física durante más de medio año. Al final nada de nada, ni cárcel, ni privación de patria potestad, ni reproche legal alguno. Pero eso ya no es noticia. Lo que sí puede ser noticia es que en la actual época estival muchos hijos (por no decir todos) de parejas divorciadas cambien de casa y de custodio, además por una larga temporada y no un simple fin de semana. Y, si no, señores/as divorciados/as repasen sus sentencias: “Los menores disfrutarán de la compañía de su padre los fines de semana alternos y mitad de las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano”. La literalidad puede variar, pero el contenido seguro que no. Es decir, que ahora tenemos al crío un mes entero y seguidito, o incluso más.

Lo anterior, unido al deseo de agradar al menor, a la par que de propiciar su admiración, puede llevar a la práctica de actividades más propias de intrépidos adultos que de débiles impúberes. Desde recorrer en un mes el África negra en autostop hasta salir todas las noches de botellón con el crío, que de todo hay. Tales proyectos pueden, sin embargo, ser incompatibles con lo dispuesto en el artículo 226 del Código Penal, que sanciona al que dejare de cumplir los deberes inherentes a la guarda del menor, entre los que se encuentra el dictado por el sentido común y contemplado en el artículo 158 del Código Civil: obligación de apartar al menor de peligros y deber de evitarle perjuicios.

Las consecuencias de una decisión errónea in extremis sobre las actividades vacacionales con los menores, además de la posible comisión de un delito como se ha dicho, también pueden proyectarse sobre la conveniencia o no de que el progenitor negligente siga manteniendo contacto con su hijo. Téngase en cuenta que el régimen de visitas lo establece una resolución judicial que puede modificarse conforme dispone el artículo 775 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, “cuando hayan variado sustancialmente las circunstancias”; cambio cuya apreciación, en última instancia, queda a criterio del juez. Por tanto, si es su intención llevarse al niño en vacaciones a cazar leones a pedradas, sepa que tal actividad pude ser vista con malos ojos por el juez y privarlo a usted de la convivencia con el angelito. Ni el 7 de julio ni el 8 de septiembre, y con los críos mejor siempre desde la barrera.

*Letrado. abogado@mariosantana.es