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DOMINGO CRISTIANO > POR CARMELO J. PÉREZ HERNÁNDEZ

A Dios Padre Todocariñoso

   

Siempre me han llamado poderosamente la atención las enmiendas a la totalidad que se llegan a pronunciar sobre algunas personas. Me refiero a juicios como “Es un desastre”, “No sirve para nada”, “No vale un duro”, “Es un pobre desgraciado”, “Nunca será nadie…” y otras lindezas por el estilo.
Yo mismo he sido objeto alguna vez de tamañas descalificaciones, me consta. Y las he oído también en boca de otros dirigidas a gente que conozco. Me sobrecoge su contenido, el profundo pesimismo que esas sentencias encierran.

Pero me impresiona más aun el convencimiento de que quienes las pronuncian son igualmente dignos, o incluso más merecedores, de semejantes difamaciones si nos subimos al carro de analizar cruelmente su devenir. Observados con lupa, no escapa nadie y hay quien parece no darse cuenta.

Afortunadamente, Dios nos mira de otra forma. Eso queda bien claro en las lecturas que se proclaman hoy en nuestros templos, que le anuncian como un Dios Padre Todocariñoso y que son una provocación para que nosotros imitemos sus entrañas de misericordia, las mismas que le impiden pronunciar enmiendas a la totalidad sobre nadie.

Si fuéramos un sembrado, se nos dice hoy, y crecieran las malas hierbas entre los buenos frutos, el Señor dejaría a esos rastrojos desarrollarse para no correr el riesgo de arrancar a uno de los buenos confundido entre tantos malos. “Que crezcan juntos. Ya habrá tiempo”, dice el Señor. Como agricultor no tiene futuro este Dios nuestro.

Sin embargo, este desastre hortofrutícola es el origen de nuestra salvación. Dios sabe esperar, confía en lo que llevamos dentro, más intensamente incluso que nosotros mismos. Sabe que no somos mala hierba, sino brotes de trigo con vocación de hacerse grandes y dar vida.

Eso somos. Granos de mostaza somos. Levadura para el pan somos. Por eso Dios tiene paciencia, sabe esperar, confía en nuestras potencialidades. Por eso Dios repudia las enmiendas a la totalidad, vengan de donde vengan. Por eso Dios espera contra toda esperanza en cada uno de sus hijos y enseña a esperar a unos por los otros.

Sucede que siempre hay quien quiere llegar el primero, aunque eso le suponga llegar solo. “Esos no brillarán”, dice el Señor, que nos tejió por dentro en la noche de los tiempos, aquella en la que se inventó al hombre con el único objetivo de tener paciencia con él, de esperarle.

Así es nuestro Dios, de quien el hombre sabio proclama que siendo así nos ofrece “la dulce esperanza de que en el pecado da lugar al arrepentimiento”.

Y es que sólo un pueblo de arrepentidos, de quienes han bajado la cabeza más de una vez, es un pueblo sano.

No en vano, y casi como una parábola, para visitar el lugar donde Dios se hizo carne, en la basílica de Belén, hay que entrar por una puerta que nos obliga a agacharnos. Que nos recuerda quiénes somos.

Twitter @karmelojph