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Por Miguel González * >

A Mariano Vega

   

Lamento, enormemente, no haber estado junto al compañero y amigo en el momento de la partida de su forma física. Sé que tú no lo necesitabas Mariano; pero yo sí. Lamento, como nos pasa siempre, no haber aprovechado más tu sabiduría y tu bondad. Lamento no haberte dicho antes todo esto, sino como nos pasa siempre, una vez que te has marchado. Tu inesperada despedida, aunque triste, no ha sido en vano. Es tu último legado de ésta existencia material. Como el azúcar que se disuelve en el agua para darle su dulzura. Porque yo sé que no te has ido. También lo saben tu querida esposa Olga y toda tu familia y amigos. Pero cuesta mucho no verte. Enumerar ahora tus muchos méritos profesionales y humanos es lo que toca. Algunos compañeros ya lo han contado mucho mejor que lo que yo lo haría. Sé que aún está por valorar, en su justa medida, tu sólida obra poética, ensayística, teatral, periodística y literaria en general. Pero yo quiero hablar de ti, Mariano. De quien realmente eres. De ese ser espiritual, bello y eterno. Quiero hablar del legado y del trabajo de un transformador ejemplar, sencillo, discreto y sincero. De esa energía que ni se crea ni se destruye, pero que sé que transformaste. La que evoca tu nombre. La que permanece y siempre estará entre nosotros. Ése es tu gran patrimonio. Ahora nos pertenece a todos para siempre. Y quiero agradecértelo. Porque tu enseñanza ha pasado a ser parte también de nuestro ser. La hemos incorporado de ti. La hemos aprendido de ti y la hemos hecho nuestra. Vive ya en nosotros. Esa es tu principal y verdadera herencia. Me entristece no poder compartir más tu amable tertulia, cuando me preguntabas por mis experiencias indianas. Pero, a partir de ahora, sé que me hablarás más desde dentro. Tu voz era de oro, pero ahora sé más que nunca qué significaban tus silencios: eran diamantes. No eran otra cosa que las joyas de sabiduría del maestro. Transmitían tanto como tu mirada comprensiva,- más diría compasiva-, clavada en mis pupilas. Sin hablar nada, pero reconociéndose en el otro; de alma a alma. Tú ya habías alcanzado el magisterio. Yo solo lo intento y te oigo y me resuenas ahora, mucho más interiormente, íntimamente. Cada vez que en ésta santa tierra oigo ahora a un maestro, sé que de nuevo tú me hablas y ya eras el ejemplo: “ama a todos, sirve a todos”. Ya tú lo practicabas. “Ama siempre, nunca hieras”. Tú ya lo hacías. “Hay una sola religión, la religión del amor. Hay una sola casta, la casta de la humanidad. Hay un solo lenguaje, el lenguaje del corazón. Hay un solo Dios y es omnipresente”. Él sin duda vive en ti, Mariano. Tú ya lo sabías. Tú sabes que no hablo en lenguaje figurado. Solo comparto contigo nuevamente lo que comentamos tantas veces. Lo mismo que aquí dicen los vedas desde fechas que se pierden en el tiempo. Lo que sostienen los rishis; los sabios como tú, Mariano. “Las células que por décadas se exponen a intensas vibraciones espirituales, -como tú lo has hecho-, lanzan sus estructuras a otra dimensión cuántica de existencia permanente”. Sabes Mariano, que no hablo de religión. Hablo de ciencia. Debemos despertar a la verdad. La que ahora nos desvela y certifica la física cuántica. “Cuando una partícula subatómica es expuesta a una frecuencia extremadamente elevada de energía durante un cierto período de tiempo pasa a un estado cuántico u otro estado dimensional. Los físicos teóricos creen ahora que haya por lo menos diez dimensiones de la realidad y han admitido que la conciencia es la fuerza más poderosa en el universo conocido”. Desde donde estés, consciente plenamente, sé que puedo seguir contando contigo, hermano y amigo.

* Enviado desde La India