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Afganistán: gestionando el fracaso

   
Exposición 'Afganistán'

Instantánea de la exposición 'Afganistán'. Casa Asia-Madrid inauguró este jueves una muestra colectiva que recorre el país a través de fotografías, documentos y material audiovisual. / DA

JOSÉ ABU-TARBUSH * | LA LAGUNA

¿Qué ha cambiado en Afganistán para que el presidente estadounidense anuncie el comienzo del repliegue de sus tropas del país centroasiático? La realidad es que prácticamente nada. No se ha registrado ningún cambio sustancial que explique la decisión adoptaba por Obama con respecto a los meses anteriores. En diciembre de 2009 el propio presidente justificó el envío de 30.000 soldados estadounidenses más que, junto a los destacados sobre el terreno, suman unos 100.000. En ese mismo contexto, se decidió ensanchar también el frente de batalla hacia la zona fronteriza con Pakistán, estableciendo un espacio operacional unitario afgano-pakistaní (AF-PAK).

Una respuesta más esclarecedora se puede encontrar invirtiendo la pregunta. Esto es, ¿qué ha cambiado en la concepción estratégica de Estados Unidos para acometer semejante repliegue de la denominada tierra de los afganos? La respuesta se halla tanto en su política exterior como interior. En primer lugar, el fracaso de la inicialmente denominada Operación Libertad Duradera. Después de aproximadamente una década, las fuerzas capitaneadas por Washington (ISAF y OTAN) no han logrado controlar el país ni ganarse el consentimiento de su gente. Por el contrario, sólo dominan de manera efectiva Kabul y, aún así, su control dista de ser todo lo efectivo que se desea o presenta. Sus dificultades son obvias, como se encargan de recordar de vez en cuando los talibán con sus demostraciones de fuerza atentando en la capital.

Uno de las debilidades más frecuentes de los ejércitos de ocupación reside en las alianzas que establecen en un primer momento con algunas fuerzas locales. Además de su carácter eminentemente instrumental en el corto plazo, a medio y largo plazo las agendas de las fuerzas ocupantes y locales terminan disintiendo. Sus perspectivas son diferentes; también sus respectivas identidades colectivas y nacionales. Las primeras contemplan los problemas, sus soluciones e intereses desde una óptica más global o regional, mientras que las segundas los consideran desde la inmediatez de sus miras más estrechas y locales. Que un señor de la guerra afgano se sumara a la alianza externa dependió en su momento más de sus rivalidades internas que de compartir el conjunto de los móviles políticos de sus aliados externos. Los altibajos y tensiones en las relaciones entre Washington y Hamid Karzai son un claro exponente.

Desde sus inicios, en octubre de 2001, se partió de un error de cálculo estratégico: intentar combatir el terrorismo mediante una guerra abierta o clásica. Semejante política fue contraproducente. Como señaló Wesley K. Clark, ex comandante general de la OTAN, los bombardeos sobre Kabul lo único que consiguieron fue dispersar a la cúpula de Al Qaeda y de los talibán. La experiencia antiterrorista en otras latitudes muestra que su combate es mucho más efectivo cuando se establece una estrategia de cooperación internacional en materia policial, jurídica y de inteligencia. Por el contrario, una política antiterrorista inadecuada puede cosechar efectos tan perversos como retroalimentar el objetivo que se pretende eliminar o atenuar. En contra de lo que venía siendo publicitado por la información oficial, los talibanes están lejos de haber sido reducidos, y siguen constituyendo una fuerza muy desafiante y, por tanto, a tener igualmente en cuenta. De hecho, Washington ha reconocido el inicio de conversaciones con los talibanes. Era obvio que desde que se comenzó a distinguir a los talibanes buenos se estaba preparando a la opinión pública estadounidense a aceptar esas previsibles negociaciones.

En segundo lugar, los costes de la operación en las arcas estadounidenses son muy pesados y alarmantes, en particular, en medio de la actual crisis financiera y económica. Las dificultades para justificar tamaño gasto (calculado en unos 428.000 millones de dólares) a lo largo de toda una década son obvias, sobre todo si no se compensan con avances significativos sobre el terreno y, en su lugar, peor aún, se incrementa el número de bajas entre las fuerzas estadounidenses y las de sus aliados (que suman un total de 2.554 a 27 de junio de 2011). Sin olvidar, además, el desembolso derivado de la ocupación de Irak (785.000 millones de dólares) y, también, su número de bajas (4.781). Cifras que habrán aumentado desde que se escribió este artículo por no mencionar los costes y las innumerables bajas de las poblaciones civiles afectadas.

En este mismo orden interno, cabe señalar la proximidad de las elecciones presidenciales. Obama necesita mejorar sus índices de popularidad para garantizarse su reelección en 2012. El anuncio de la retirada gradual de las fuerzas en Afganistán busca también ese golpe de efecto, que viene precedido por la eliminación de Osama bin Laden. De hecho, la desaparición del máximo líder de Al Qaeda otorgó a Estados Unidos un importante triunfo simbólico para acometer su anunciada retirada de Afganistán. Pese a que Al Qaeda sigue constituyendo una amenaza para la seguridad, se reconoce ahora que su capacidad de maniobra está más mermada y que su combate no exige el despliegue militar de una guerra clásica.

Funeral militares españoles Afganistán

Funeral por los dos últimos militares españoles caídos en Afganistán, del Regimiento Soria IX. / DA

Quién ha ganado

En suma, el cambio operado para que se inicie el repliegue militar estadounidense y, por consiguiente, el de las fuerzas integrantes de la coalición reside en la constatación de su fracaso en Afganistán, después de una década de toparse repetidamente con la tozuda realidad. Que una coalición militar, abrumadoramente superior, no logre imponer su voluntad sobre un grupo insurgente suele ser interpretado como una derrota de aquélla y una victoria de éste. Obviamente, la retirada no se reconocerá ni interpretará en esos términos ante las previsibles críticas y reproches que se susciten por el sacrificio realizado para llegar casi al mismo punto de partida.
En su lugar, se esbozará una nueva etapa y una nueva estrategia en la lucha contra el terrorismo, justificadas ambas por los logros supuestamente alcanzados en el periodo anterior. En esta misma tesitura, no cabe menospreciar la influencia que puede estar ejerciendo la primavera árabe en los modelos de intervención estadounidense en el mundo árabe e islámico, con una mayor y más inteligente combinación del poder duro (coacción militar y económica) y el poder blando (emulación y apoyo a la democratización).

Vista las razones, los escenarios futuros son más difíciles de advertir. En buena medida dependerá del resultado de las negociaciones iniciadas con los talibanes. Pero también de cómo estos perciban el anuncio del repliegue estadounidense. Si lo interpretan en clave de debilidad intentarán relanzar su ofensiva, como probablemente esté sucediendo con el repunte de los atentados registrados tras el mencionado anuncio. Estos obedecerían también a una demostración más de fuerza orientada a acelerar la salida de los efectivos de la coalición internacional antes de lo señalado, en 2014.

Todavía es pronto para atisbar nuevas tendencias, pese a que todo indica un mapa cambiante en la región. Habrá que prestar igual atención a los movimientos de otros Estados de la zona con evidentes implicaciones en Afganistán, aunque sólo sea para contrarrestar a sus rivales (en particular, Pakistán e India; además de Irán, China, Rusia y las repúblicas de Asia Central).

De ahí que, de momento, sea más pertinente hablar de repliegue que de una auténtica retirada.

* Profesor titular de Sociología de la Universidad de La Laguna