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TIEMPO AL TIEMPO > POR JUAN JULIO FERNÁNDEZ

Aldedo pepunto

   

El que iba a ser el “debate de política general en torno al estado de la nación “ acabó siendo un debate sobre la crisis, un concierto polifónico con dos tenores y un coro, aunque con sus integrantes cantando cada uno con una partitura distinta. De éstos, Rosa Díez afinó en tono mayor logrando que el dueto entre Rodríguez Zapatero y Rajoy llegara a ser terceto, con matices destacables por su parte. De los nacionalistas, Durán Lleida, después de una exordio catalanista, desgranó un aria con voz bien timbrada y habitual acierto; Erkoreka dio un recital de cómo se puede acompañar en Madrid al PSOE para sacar tajada de su debilidad en el gobierno y silenciar al PSE en el País Vasco; y Ana Oramas empañó un recitativo aceptable con un extemporáneo y desafinado final mirando a los ojos de un tenor exhausto y acabó perdiendo el compás.

Quizás, en toda la puesta en escena de la que pretendió ser ópera prima en su despedida, Zapatero, que aunque tuvo momentos en que contuvo a Rajoy, sin destacar con ningún do de pecho en un papel difícil, mantuvo una actuación discreta, pero superada por su oponente que sin bordar su papel llegó a sobrepasarle. Pero de quien estuvo más pendiente el auditorio fue de Alfredo Pérez Rubalcaba, que con muchos papeles asignados en el reparto no cantó, si bien, ostensiblemente, no regateó aplausos a su tenor. Aunque mudo, puede que en su fuero íntimo estuviera más pendiente de la sustitución del primer cantante que de lo que allí se cantaba, ya que el recital, por mucho que se prolongara por unos y otros, no iba a tener consecuencias operativas y menos para su particular interés. Que su mente estaba en otra cosa parece evidenciarse en el amplio reportaje que el diario afín al Gobierno le dedicó el último domingo para resaltar que ha llegado su momento estelar. De eso está convencido desde que aceptó ser candidato en una competición difícil, para la que el periodista lo presenta partiendo de su pasada condición de destacado sprinter en la emblemática carrera de los cien metros lisos, aunque cabe pensar que no es lo mismo ser velocista que fondista y esto, que se le escapa al entrevistador, no se le escapa al entrevistado. Él sabe que a la carrera electoral accede como corredor de fondo, pero correr en la arena política no es lo mismo que acelerar en el tartán de la pista de atletismo, de la que tuvo que retirarse cuando se lesionó justamente cuando tocaba con los dedos un ansiado récord.

A esta carrera por la presidencia de España llega con el lastre de haber estado corriendo junto a ZP, dado ya por perdedor, y con un equipo al que sus mejores tiempos se computan trece puntos por debajo de los que registran Rajoy y su conjunto del PP. Y consciente de este hándicap, lo primero que está intentando es inscribirse en la carrera con un nombre distinto del Pérez Rubalcaba que se asocia al mal fario del equipo perdedor. Y así lo primero fue decirle a los suyos que, a partir de la debacle del 22-M, le llamaran Alfredo, aunque sin caer en la cuenta de que por la peregrina explicación que él mismo dio para justificar su proclamación como cabeza de lista en unas amañadas elecciones primarias, podrían llamarle Aldedo en lugar de Alfredo. Y, pensando, como ha declarado, que en las elecciones generales que se avecinan “la disputa no va a estar entre el PSOE y el PP”, ha dado un paso más para presentarse, no ante los suyos, sino ante los electores, con un cartel con fondo rojo –aviso de giro a la izquierda- y un Alfredo P. Rubalcaba, que da pie a que, consumada la metamorfosis, se convierta en Aldedo Pepunto, nombre de guerra para enfrentarse a Rajoy en un combate cuerpo a cuerpo en el que los socialistas confían, dadas sus habilidades dialécticas y oratorias no exentas de cinismo que, convenientemente explotadas, pueden serle rentables.

Esta metamorfosis para llegar a ser Aldedo Pepunto le valdrá si se atiene a la mitología griega, en la que los dioses se transforman en animales para conseguir sus objetivos. No le irá tan bien si elige el camino de Kafka, en la que el protagonista queda enredado en una propuesta autoritaria y burocrática, con recorte de las libertades. En cualquier caso, el proceso de transformación no le va ser fácil, pues a la impresión generalizada de estar al final de un ciclo, son muchos los que le ven no como a un renovador, sino como al continuador del desahuciado Zapatero y pocos se creen, como él dice, que tiene soluciones y sabe lo que hay que hacer para sacar a España y a los españoles del marasmo en que se encuentran. Si es así, ¿a qué espera para adelantar las elecciones y poner en práctica las soluciones que, de tenerlas, no pudo poner en práctica como vicepresidente? ¿Se lo impidió el presidente o se las guardó y le fue desleal? Parafraseándole, España no se merece un candidato que mienta.