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EL OBSERVADOR > POR CARLOS E. RODRÍGUEZ

Aún es posible parar el Titanic

   

Los indicadores económicos más significativos no sólo no mejoran, sino que empeoran y entenebrecen el horizonte, sin que el Gobierno parezca dispuesto a romper su rara pasividad ante la crisis y sin que la oposición parezca capaz de lanzar un desafío con grado suficiente de fuerza y eficacia. En los círculos económicos de más nivel se percibe un clima de entre desconcierto por la pasividad política ante la crisis y alarma por su, en estas circunstancias, más que probable profundización. Esperar a que lleguen las ya no muy lejanas urnas puede ser políticamente comprensible, pero no lo es en términos de gestión de la economía nacional. No están los tiempos para el evasivo “algo habrá que hacer”. Es que hay que hacerlo y hacerlo ya porque, de otra manera, el riesgo de profundización de la crisis es ya más que una probabilidad, es casi una certeza. Está claro que no tenemos un Gobierno a la altura de las circunstancias, pero eso es algo que no puede cambiarse hasta las elecciones, y a saber lo que en ellas sucederá. Como en la famosa advertencia clásica, “todo, por mal que esté, es susceptible de empeorar”.

Esta es una de esas ocasiones en las que se echa en falta una gran convocatoria, que sólo el Gobierno puede hacer, a todas las fuerzas políticas, económicas y sociales, para estudiar y concertar, todos juntos, una política nacional de emergencia contra la crisis económica, pero ya es evidente que Rodríguez Zapatero, no se sabe bien si recluido o encastillado en La Moncloa, no es amigo de pactos transversales y no hará por tanto esa convocatoria. La pretensión de que el Gobierno, por si solo, sin el concurso y respaldo expreso del resto del arco político y de los grandes agentes sociales, puede definir y ejecutar una política eficaz contra la crisis económica, es ajena a las complejas realidades de una economía como la actual de España. El daño que Rodríguez Zapatero está haciendo a la economía española, y por tanto al horizonte de todos los españoles, es ya de muy serias dimensiones y puede conducir a una crisis social de extraordinaria importancia y largo recorrido.

El empresariado español –no sólo los grandes empresarios, sino también todo ese extenso y vital tejido de medianos y pequeños empresarios– está siendo ignorado y maltratado por La Moncloa de Rodríguez Zapatero, y sin embargo, cualquier persona con sentido común –es decir, casi cualquiera que no sea Rodríguez Zapatero– sabe que la movilización y concurso activo de ese empresariado es la clave del arco sobre la que pivotar cualquier diseño de proceso de recuperación económica. Me permito insistir que el problema esencial no es el PSOE ahora en el poder y que es un partido que tiene magníficos políticos y muy excelentes economistas, sino que es personalmente el personaje inverosímil, Rodríguez Zapatero, que se ha atrincherado en La Moncloa, hermético incluso a los consejos de los mejores dirigentes del PSOE, que ven, casi ya más con pavor que con alarma, como el que fue llamado “fenómeno ZP”, y ha resultado inocultablemente el dramático “error ZP”, se ha convertido en un obstáculo personal a casi cualquier planteamiento serio de afrontar la crisis económica. Se ha llegado al punto en que la sustitución en el liderazgo socialista de Rodríguez Zapatero por Pérez Rubalcaba no es ya sólo cuestión de supervivencia del PSOE sino de la economía nacional y debiera hacerse cuanto antes, mejor hoy que mañana, porque el principal problema de esta hora inquietante de España no es la economía, con serlo y mucho, sino la imposibilidad de diseñar y afrontar una política económica seria mientras Rodríguez Zapatero mantenga los resortes del poder. Es, al contrario de todos sus predecesores en La Moncloa, un hombre de exclusiones en vez de un hombre de diálogo e integraciones. Es un político que, a diferencia de Suárez, Calvo-Sotelo, González y Aznar, no piensa en el país, sino en sus privilegios personales y en el extremado placer que, con toda evidencia, la proporcionan los resortes y privilegios del poder. Es un presidente que, a diferencia de todos sus predecesores en La Moncloa, es incapaz no ya de promover sino incluso de aceptar ese diálogo transversal necesario para buscar y diseñar un programa contra la crisis económica, que tantas veces le ha ofrecido en cambio el líder de la oposición, Mariano Rajoy.

En definitiva, Rodríguez Zapatero es un político de muy limitadas capacidades y que sólo piensa en términos de poder y de la visible enorme satisfacción que le proporciona el disfrute del poder. Es todo lo contrario a la dirección política que necesita esta hora de España y un paradigma de que, en efecto, “todo, por mal que esté, es susceptible de empeorar”. Cada día que siga Rodríguez Zapatero en La Moncloa profundizará el deterioro de la vida política española, que había sido tan ejemplar y admirada desde la transición, pero sobre todo se retrasará peligrosamente la definición y puesta en marcha de un serio plan económico concertado para luchar contra la crisis. Lo escribiré con toda claridad y a sabiendas de los riesgos que se corren por decir la verdad en circunstancias políticas tan penosas como las actuales y que desde luego no se merece la ciudadanía: desde el inicio de nuestra ejemplar etapa democrática nadie había hecho tanto daño a tantos como Rodríguez Zapatero, y esto ya lo reconocen incluso los que le abrieron el camino hacia el poder, bien es cierto que sin saber con quien se estaban jugando los cuartos.

Al punto al que ha llegado la situación, el dilema electoral entre PSOE y PP es casi secundario. La cuestión es que los españoles necesitamos y merecemos, mejor hoy que mañana, es decir, cuanto antes, una nueva mano en el timón de La Moncloa, alguien capaz y creíble, sea del partido que sea. Muchas veces he comparado este tiempo final de Rodríguez Zapatero con la enloquecida determinación del capitán del TITANIC, cuando, aferrado al timón y sordo a todos los que le rodeaban, condujo la gran nave al choque fatal con el iceberg. El problema es que este TITANIC se llama España y cada día que Rodríguez Zapatero permanece atrincherado en La Moncloa el país avanza al choque fatal con los peores parámetros de la crisis económica.

Hay que parar el TITANIC e iniciar una nueva ruta de navegación. El PSOE, donde hay tantos dirigentes preparados, capaces y con demostrado sentido de los intereses nacionales, puede y debe romper la servidumbre hacia este presidente inverosímil y forzar un cambio, pero, tal como está la situación de la economía, debieran hacerlo mañana mejor que pasado. Y al otro lado del hemiciclo del Congreso, Mariano Rajoy tiene la talla y el sentido de Estado para, sin la menor duda, acudir a una convocatoria transversal de un plan económico nacional contra la crisis. Así que, en esta hora inquietante de la vida española, en manos del PSOE está hacer o no hacer posible un horizonte de esperanza y recuperación, como lo supo hacer el inolvidable líder centrista Adolfo Suárez, en horas igualmente difíciles. Claro que cualquier comparación entre la talla política y moral de Suárez y el personaje inverosímil que permanece atrincherado en La Moncloa, sordo incluso a las recomendaciones de su propio partido, es una ofensa que puede hacer saltar las rotativas.

El final del final es que hay que apartar las manos de Rodríguez Zapatero del timón del Estado y que eso debiera hacerlo el propio PSOE, sustituyéndole, mañana mejor que pasado y desde luego sin esperar a las elecciones, por alguien capacitado, intelectual y éticamente, para el ejercicio de las altas responsabilidades de La Moncloa. Sobran nombres en el PSOE con esa capacidad.