X
Por Carmelo Rivero >

Cantanta

   

La butaca del Auditorio, colgada en lo alto, ejercía de minarete para ver el mundo en 36 años, del estreno en el Guimerá (otra butaca, otro tiempo, 1975, yo era un pibe) de la Cantata del Mencey Loco, por Los Sabandeños, a esta recreación sinfónica, orquestada por Emilio Coello y tenazmente acariciada por Víctor Pablo Pérez, con la connivencia de Cristóbal de la Rosa (por el Cabildo). El guanche, desde que llegó en cárabos o balsas de odre, hace 25 siglos, nos interpela como enigma, pero el oficialismo decadente lo acalló con un malditismo culposo que proviene del franquismo -hoy hace 75 años del golpe- como a perpetuidad. A Pedro Hernández y colaboradores les marcó el Natura y Cultura, coetáneo de la cantata, porque el libro desempolvaba al aborigen, que estaba mal visto, y las pegas les persiguen en su versión digital -buscar Gevic-. Cuando la cantata irrumpió en escena (fue de noche aquel año fronterizo, Franco se apagaba, una marea humana como la de la Plaza Tahrir avivaba la Transición y las islas se personarían en la guerra del Sáhara) era tan peligroso cantarla como escucharla. En los recitales, Elfidio Alonso, enfant terrible’ del régimen, se desahogaba en cada presentación y el grupo aguardaba con un nudo en la garganta el siguiente tema. El guanche -el disco del mismo nombre, que Carlos García mimó como a un hijo, se agotó rápidamente- escocía en la zafia censura, y ese tic de país ignorante que repudia a guanches o tartessos lo heredaron palurdos políticos, ya en democracia, cuando Cubillo, antes de ser ensartado con un machete submarino, pinchaba la cantata en la radio desde Argel. El concierto-disco ha sido en julio, como en el debut. Había hasta un público recién nacido: mi hijo de ocho meses, en líneas generales, se comportó. En estos saltos de memoria en el vacío pasan los años como rayos -¡más de un tercio de siglo!- de una cantata a otra, de Quique a Benito Cabrera sobre un escenario del siglo XXI, viendo juntos a la Orquesta Sinfónica de Tenerife y Los Sabandeños -dueto de masas-, para desenterrar, nuevamente, al pariente incómodo. Cuscoy decía que el guanche vio llegar a Lugo “en silencio”, y Viera y Clavijo tenía una frase demoledora: “El general no era un ángel de la paz, era un conquistador”. Gil Roldán (recitado por Rodríguez Abad, tras Melián, Rabal y Madariaga) canta la enajenación de Beneharo por no ser libre. Las canciones de libertad de Los Sabandeños son una mina: de la rebelión de los gomeros (Casimiro Curbelo tiene ahí una fuente de inspiración) a la del perenquén. En la nube de cabezas del Auditorio creí ver a Hermógenes Afonso.