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Leopoldo Fernández >

Controles

   

Desde tiempo inmemorial, los aeropuertos canarios, como los puertos, aunque éstos en menor medida, se han convertido en un auténtico coladero; un coladero que las autoridades permiten que siga funcionando, ya que no adoptan las medidas obligadas que aconsejan las circunstancias. Quien quiera puede entrar como turista y muy probablemente acabar como residente. El viajero debidamente documentado, sea o no originario de un país afectado por el acuerdo de Schengen -que suprime los controles fronterizos interiores y crea una frontera exterior única entre los países europeos signatarios-, accede a cualquier Isla y en ella puede luego quedarse como si nada. Al no efectuarse ninguna comprobación ni seguimiento, siquiera sea aleatorio, en torno a la residencia temporal, los medios económicos para subsistir, la constatación efectiva del regreso, etc. de los turistas extranjeros que no pueden seguir indefinidamente en el territorio comunitario que es Canarias, quienes quieran quedarse entre nosotros pueden hacerlo aunque haya vencido su visado o autorización temporal. Luego empieza la picaresca, la falsificación de la realidad, el peregrinaje en pos de documentos, papeles y justificantes para acreditar que se lleva tal o cual tiempo en la Isla, el alquiler de una vivienda, el registro en el padrón municipal que se elija y toda la parafernalia que acompaña este engaño ahora en decadencia a causa de la crisis. Y pese a tanto embuste, ni las autoridades se preocupan, ni tampoco son modificadas las leyes o las costumbres que facilitan estas prácticas. Nos quejamos, sí, de los abusos y de los fraudes, pero nadie les pone remedio. Esta incalificable indiferencia vale también para la entrada de mercancías en aeropuertos y, sobre todo, puertos sin el debido control fitosanitario. Cuando por fin se instale en Santa Cruz de Tenerife el esperadísimo escáner quizás se remedien algunas irregularidades, pero es probable que las más continúen como si tal cosa porque el problema es de funcionarios -mejor dicho de expertos o técnicos-, y de operatividad. Basta con preguntar a aduaneros y gentes cuyas actividades económicas pasan por los puertos para constatar la falta de ese personal especializado, sobre todo en las islas periféricas, para el análisis de las mercancías que aquí llegan de cualquier parte. Pese a todo, la lista de aprehensiones es inacabable, entre ellas alimentos en mal estado, productos de contrabando o sin licencia, contaminados o no autorizados, etc. Y lo malo es que en algunos casos sus efectos -como el picudo rojo o la mosca blanca- quedan entre nosotros para siempre. Por falta de control y por dejadez que claman al cielo.