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Por Arturo Trujillo >

Debate improductivo

   

El debate sobre el estado de la Nación que sufrimos la pasada semana aquellos que sentimos curiosidad por conocer los avatares que la política de este país nos depara, se puede resumir perfectamente con el adjetivo que conforma el titular de este artículo: improductivo. Porque no sirvió absolutamente para nada. Fue totalmente intranscendente. Más de lo mismo. Un intercambio de críticas y reproches entre los dos líderes, que bien podían haberse ahorrado puesto que sobre la situación en que se encuentra esta nación nuestra, nos hemos cansado de hablar casi todos los españoles, todos los días del año. Conocemos perfectamente cuál es ese estado sin necesidad de que 350 señores se dediquen a discutir sobre él, durante tres días. Podía haberse ahorrado las dietas. La legislatura está finiquitada. Está muerta. ¿Qué más se puede hacer? Con un Rubalcaba que, a pesar de ser el supervicepresidente-ministro-portavoz y candidato del PSOE, ejerció de convidado de piedra y con la crisis como centro del mismo, dio la impresión de que el guión de este encuentro parlamentario estaba escrito hacía un año. Ni siquiera hubo posibilidad de que Zapatero, que no se jugaba nada, nos hiciese recuperar parte de la ilusión que nos ha hecho perder. Lo mejor para España, sin más dilación, es que se vaya de una vez de La Moncloa. Que convoque las elecciones. Esa sí que es una formidable medida para tranquilizar los mercados. No tiene sentido alargar más esta agonía hasta el mes de marzo. Y es que hasta en su partido, Zapatero tiene algunos conmilitones que le piden paso para Pérez Rubalcaba, si de verdad se quiere acortar distancias con el Partido Popular. Porque Zapatero, como pudimos comprobar en el debate, y una vez aprobada, al menos una parte de la necesaria reforma laboral, ya no tiene nada que ofrecer. Ni siquiera concesiones que otorgar a los nacionalistas.

No quiero entrar en esa discusión baldía, convertida en tópico, acerca de quién ganó el debate, si Zapatero o Rajoy. Porque, al margen de lo que diga el CIS, cada uno de nosotros tiene su propio vencedor y también porque posiblemente no sería objetivo en mi elección. Prefiero hablarles del contenido del debate, que es realmente lo que interesa. El presidente Zapatero, en un tono que me pareció algo agresivo, pronunció un discurso anacrónico y vacuo. Nos habló de un país que no existe. De un país que se parece mucho más al maravilloso del cuento de Alicia que al nuestro. Un discurso que me pareció más el reconocimiento de que esto se ha acabado, que un discurso ilusionante y cargado de esperanzas. Y es que ni siquiera se atrevió a plantear medidas importantes. Sólo se dedicó a esbozar algunas decisiones de menor cuantía, de segundo orden, como la modificación del sistema hipotecario y la recuperación del techo autonómico que, por cierto, fue instituido en su momento por el Gobierno de Aznar y eliminado por el propio Zapatero en cuanto llegó a la Moncloa. ¿Son esas las reformas de “envergadura” que tanto tiempo llevaba anunciándonos?. ¿Y ahora qué?. Una vez dadas a conocer esas nuevas medidas que necesitaba aprobar antes de convocar elecciones, ¿a qué espera para marcharse?. Cada día que pasa, Zapatero se me parece a aquel personaje, Felipito Takatún, que el actor argentino Joe Rígoli hizo popular con aquella frase de “yo, sigo”.

Y ya que esto llega a su fin, si tuviese que resumir lo conseguido por Zapatero durante su etapa al frente del Gobierno tendría que hacer una distinción entre las dos legislaturas. Porque mientras en la primera consiguió la fractura de la sociedad española al tiempo que defendía una quimérica Alianza de Civilizaciones, la segunda se ha caracterizado por la consecución del hundimiento económico del país, que conlleva las cifras de cinco millones de parados, 45 por ciento de jóvenes sin futuro y miles de familias sin recursos. Y es que siempre aplicó sus medidas, pero nunca las necesarias. Y cuando las aplicó lo hizo tarde y a la fuerza. Como las derivadas de aquel Real Decreto-ley 8/2010, de 20 de mayo que tenían carácter extraordinario y que, además de haber sido obligadas por la UE, fueron insuficientes para la reducción del déficit público. Fueron, además, medidas bastantes duras que supusieron un enorme sacrificio para los ciudadanos. Recordemos, entre otras, la reducción de la masa salarial del sector público en un cinco por ciento; la suspensión de la revalorización de las pensiones públicas; la supresión de la retroactividad del pago de prestaciones por dependencia; y la dejación sin efecto de la prestación por nacimiento o adopción de 2.500 euros, entre otras.

Y en cuanto a las palabras de la diputada Ana Oramas, solo quiero decir que en su primera parte, me parecieron controvertidas y ambivalentes. Por un lado acusó a Zapatero de la gestión negativa de la crisis económica y momentos después, volvía a ofrecerle su apoyo. El escenario surrealista de siempre, al que CC nos tiene acostumbrados. Y sobre la última parte de su intervención, la empalagosa, la que utilizó para hacer apología del zapaterismo y exaltar con ditirambos sus virtudes políticas, prefiero correr un estúpido velo. Pero sí creo que la diputada Oramas y el exdiputado Perestelo, tienen la obligación de ofrecernos un balance que nos permita a los canarios saber qué es lo que realmente se ha conseguido para las islas, gracias al apoyo prestado por su coalición a Zapatero durante la legislatura. Que nos cuenten en qué se ha beneficiado el pueblo canario de esa generosa decisión. Cuantos puestos de trabajo se han podido crear gracias a ese apoyo. Estoy seguro que los canarios se lo agradecerán. Sobre todo si esos datos los ofrecen antes de que vuelvan a llamarnos a las urnas para elegir quiénes nos deben representar durante los próximos cuatro años en el Congreso de los Diputados.