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Por Rubén López * >

E. coli con pasaporte alemán

   

Hace unos años el profesor Tomasz, mi mentor en la Universidad Rockefeller, afirmaba que “pronto podemos encontrarnos al borde de un desastre médico que colocaría a los clínicos en la era preantibiótica cuando una infección menor podía convertirse en letal por carecer de fármacos adecuados para combatirla”. Los antibióticos no tienen parangón en la historia de la quimioterapia, son medicamentos que curan a diferencia de la generalidad de los fármacos que nos ayudan a controlar un padecimiento determinado pero no a su erradicación (pongamos por caso, las enfermedades cardiacas o la diabetes). No obstante, también se puede morir de éxito y, en gran medida, esto está sucediendo con estas envidiables balas mágicas que son los antibióticos. Sucede que muchas bacterias han sabido arbitrar toda una suerte de estrategias que le permiten sobrevivir frente a los antibióticos. Nos olvidamos con frecuencia que estos microbios tienen la experiencia acumulada de haber colonizado este planeta durante más de tres mil millones de años (la mitad de ellos siendo los únicos seres vivos en la Tierra) y suelen adaptarse a condiciones extremas como en la Antártida o viviendo a temperaturas superiores a los 100 ºC.

Una forma de sobrevivir consiste en modificar el material hereditario por mutación: cambiar un eslabón de su ADN (el material genético que determina las características de los seres vivos). Luego, la selección darwiniana hará que persistan aquellas bacterias que resisten a un determinado antibiótico con el que se trata al paciente. Más recientemente, se ha visto que una bacteria puede permeabilizar sus envueltas externas e incorporar fragmentos de ADN libre en el ambiente que le rodea o intercambiar su ADN con otras bacterias vecinas.

Escherichia coli habita normalmente en nuestro intestino, y es ahí donde la variante causante de varias defunciones (y centenares de enfermos) en Alemania parece haberse originado modificando puntualmente su ADN para hacerlo resistente a varios antibióticos e incorporando fragmentos de ADN lo que le capacita para producir nuevas toxinas de las que carecía la bacteria original. Además, si esta nueva E. coli es tratada con antibióticos que la destruyen liberaría toxinas que dañarían severamente nuestras funciones renales.

Para evitar que se materialicen los apocalípticos pronósticos de Tomasz y mientras no se disponga de nuevas e imaginativas soluciones, apliquemos aquellas otras a nuestro alcance: a) estimular el mantenimiento o creación en los grandes hospitales de un servicio de Microbiología donde se conjugue la investigación y los requerimientos prácticos para identificar anticipadamente bacterias multirresistentes y poder paliar así errores como los cometidos con el E. coli que merece ser llamado alemán, atendiendo a los datos inexactos proporcionados desde allí para perjuicio de terceros países; b) apremiar a la Gran Farma en la búsqueda de nuevos medicamentos antibacterianos (¡aunque curen!) capaces de bloquear a bacterias como Staphylococcus aureus resistente a meticilina que son responsables de un alto nivel de morbilidad y mortalidad en los hospitales del primer mundo y, muy probablemente, a estos nuevos E. coli; c) aleccionar a los pacientes en el uso adecuado de los antibióticos prescritos y en el cumplimiento estricto de la pauta terapéutica indicada por el médico. Y, hacerles comprender que contra entes como los virus (v. gr., la gripe) no sirven los antibióticos y no olvidar la higiene personal (lavado de manos, manipulación de alimentos, etc).

Estas pautas son fundamentos imprescindibles para evitar pasados errores. Recodemos con Lynn Margulis que “la vida es bacteriana… y todos hemos evolucionado de organismos bacterianos”.

* Profesor de Investigación del CSIC