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POR PETENERAS > POR RAFAEL ALONSO SOLÍS

El alterne

   

Los lugares de alterne de las urbes han evolucionado a la par que la tecnología. Hay un salto de varias magnitudes entre aquellos cuchitriles de la posguerra, donde las niñas se paseaban en bragas por el salón a la llegada de los clientes, y se protegían del frío en torno a un brasero de carbón en los entreactos. Por supuesto que había clases, y no era lo mismo un magreo en el Cuartel de la Montaña que un desahogo en las casas de citas bien, con toallas limpias, orinales de porcelana y condones de estraperlo. Mi abuela -que, por otra parte, era muy púdica y a las putas las llamaba piculinas- tenía una amiga que era propietaria de una casa de alterne, y a veces me llevaba de visita a media mañana, cuando se hacía la limpieza de las habitaciones, y a mí me parecía que aquello era un hotelito de reposo ubicado en el centro. Todo esto ha cambiado mucho -según me cuenta mi amigo Eladio Barragán, heredero del marquesado de Ontígola y Ambite, y usuario habitual del puticlub, donde se hace llamar Luis, por aquello de mantener cierta distancia-. A un senador canario y socialista -circunstancias irrelevantes, que se citan aquí por pura descripción de la anécdota-, le han pillado en una sauna, a la que se trasladó para relajarse un poco después de cumplir con sus obligaciones. A todo lo cual tenía derecho y debería ser contemplado con comprensión desde una posición liberal de las costumbres. A las saunas acude mucha gente a pasar la tarde, a tomar el té y a pasear un rato a las mascotas. En una ocasión, mi hermana se compró un pájaro al que puso de nombre Wojtyla, por coincidir con la llegada de Juan Pablo II a Madrid. Como era verano y hacía calor, una tarde se lo llevó a un pub con jacuzzi, tanto para que se refrescase como para socializarlo. Y es que en cualquier sitio puede uno encontrarse con cualquiera, lo cual, en sí, no es criticable. Lo malo es cuando se produce un conflicto a deshoras y las circunstancias permiten el malentendido. Si desde un punto de vista liberal, y en el mejor sentido del término, debería aceptarse el derecho de los senadores a visitar cualquier local de distracción, desde una posición escrupulosa de la actividad pública tal vez sería deseable recordar lo de la mujer del Cesar. Al final, en cualquier juicio sobre el senador predominará la fuerza de la secta, y unos defenderán la presunción de inocencia y la libertad del cofrade, mientras otros le pondrán -con razón o sin ella- de chupa de dómine.