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Tiempo al tiempo > Por Juan Julio Fernández

El debate y las dimisiones

   

Según fuentes socialistas, el candidato no está contento con la toma de posición del diario afín y es que cuando el río suena, agua lleva… Y el río se llama Prisa y tanto el comentario editorial, con arranque en primera plana, como el artículo de opinión de Juan Luis Cebrián el lunes 18 en El País son claros y apuntan a la necesidad de un adelanto electoral, para el que José Luis Rodríguez Zapatero debe convocar elecciones cuanto antes y no tratar de agotar la legislatura hasta marzo. Y en torno a este dilema transcurrió el debate electoral de ese mismo día, en el que tanto el PP como CiU apostaron por el adelanto, mientras el PNV, manteniéndose en su calculada ambigüedad, apuntó sin definirse a que ve imposible que un presidente exangüe tenga fuerzas para apoyar y, todavía menos, para defender el programa-propuesta del candidato. Y aunque en los cálculos de Rubalcaba cuente este anticipo, parece evidente que prefiere posponer su anuncio y que nadie se lo advierta para ver, si después de la siesta de agosto y en septiembre llegan algunos de esos brotes verdes, tantas veces anunciados pero secos antes o a poco de nacer.
Ni con su más refinada alquimia, Rubalcaba ha conseguido minorar la brecha abierta entre su partido y el de Rajoy y este debate sobre el final de la legislatura, que por todos los indicios tiene visos de ser final del ciclo socialista, le alcanza en un momento especialmente crítico de turbulencias y no solo financieras, con el segundo rescate a Grecia como telón de fondo y el riesgo que se cierne sobre el euro, sino con otras como el escándalo periodístico que ha provocado el cierre de News of the World y pone sobre el tapete los límites de la libertad de expresión, con sus repercusiones en la credibilidad de la democracia. Y de ahí, la contrariedad del candidato y la reacción de la responsable del Comité Electoral del PSOE manifestando que adelantar las elecciones supondría “abrir un período de incertidumbre política”, como si no la estuviéramos padeciendo ya, con el síndrome de debilidad al que se alude cuando se dice que “a perro flaco todo son pulgas”.
En estas circunstancias, en las que ni gobierno ni oposición quieren mover fichas, los inevitables escarceos de la actividad política se están llevando por los caminos del “tú más”, aprovechando por un lado las sorpresas que están apareciendo después de las últimas elecciones al mover las alfombras de las autonomías y de los ayuntamientos y, por otro, las debilidades de personajes más o menos encumbrados que resbalan por las mismas laderas que en días o años ascendieron y encuentran resonancia en unos medios de comunicación que sin entrar en la categoría de los tabloides británicos también apuntan maneras. Lo trajes de Francisco Camps y los improperios de Casimiro Curbelo, que nunca debieron aparecer ni producirse y que por muchas explicaciones que se den y atenuantes que se apliquen siempre dejan un lamentable y descalificador poso de descrédito para las personas y la democracia, se han saldado, de momento, con las dimisiones, presionados ambos por sus respectivos partidos, de uno, de la presidencia de la Generalitat y del PPCV y, de otro, de su escaño en el Senado, pero no de la presidencia del Cabildo de La Gomera. En los dos casos queda claro que el aval de una mayoría en las urnas no basta para ostentar una representación pública y que ejercerla exige simultanear la mirada hacia adelante con la necesaria al espejo retrovisor, indispensables ambas para conducir sin tropiezos ni alcances inconvenientes.
Y sobre estas batallas resuena algún que otro combate con más artillería, como el del caso Faisán, que ha llevado al banquillo a tres mandos policiales de la lucha antiterrorista acusados de pasar información a quienes iban a ser detenidos, cosa poco creíble si no hubiesen recibido órdenes de un escalón político que no supo o no quiso valorar debidamente una estrategia negociadora con banda armada que, por otra parte, negaban y que, aunque con diferencias, puede tener connotaciones perjudiciales, como las tuvo el caso GAL. Por unas cuestiones u otras, es comprensible el malestar del candidato socialista, pero este malestar no excede al que se ha extendido por toda España, donde la clase política -entendida así, como clase diferenciada, endogámica, cerrada y alejada del pueblo- se ha convertido en el segundo o tercero de los grandes problemas que quitan el sueño a los ciudadanos, según reflejan distintas encuestas. Y no digamos nada de los indignados a los que el bochorno de un inestable verano les ha ido restando fuerzas. Pero a veces ocurre que un incendio se apaga solo en apariencia y reaparece con mayor ímpetu cuando menos se espera. Y en muchos casos, para controlarlo hay que llamar a otros bomberos que reemplacen a los que, agotados, no ven ni llamas ni brasas.