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POR JUAN HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA >

El día de la marmota

   

En Canarias, hace años que la política está congelada en una secuencia repetitiva e inmodificable. La dinámica política canaria constituye un interminable Día de la marmota (Atrapado en el tiempo se llamó la película de Harold Ramis en España) en el que los canarios nos sabemos de memoria lo que va a pasar, lo que nos van a contar nuestros políticos y lo que van a hacer. Aparte de unas elecciones periódicas y competitivas, la democracia requiere la alternancia en el poder, como posibilidad y como realidad efectiva. Y en las Islas hace demasiado tiempo que esa alternancia no existe ni siquiera como posibilidad. Votemos lo que votemos los isleños, y aunque tenga menos votos y hasta menos escaños que otro partido, Coalición Canaria alcanzará siempre la presidencia del Gobierno, y elegirá entre el Partido Socialista y el Partido Popular a quién le concede el honor de compartir unas migajas de poder en su cielo, y a quién repudia y expulsa a las tinieblas exteriores de la oposición, en donde todo es llanto y crujir de dientes, y en donde no hay ni cargos ni prebendas que repartir.

Si no sufre un muy improbable derrumbe electoral, un colapso político, da igual los votos y los escaños que obtenga Coalición Canaria; da igual que consiga cuarenta mil votos más o menos; da igual que logre 19, 21 o 23 escaños. ¿Qué más da? Populares y socialistas ni se plantean un pacto a la vasca, y los nacionalistas eligen entre ellos a quién incorporan al Gobierno y a quién condenan a la oposición. La presidencia del Gobierno no es negociable, por supuesto, y el agraciado con el Gobierno sabe que el pacto que ha suscrito es más que desigual y que, de acuerdo con un guión que se ha repetido otras veces, en cualquier momento el gran hermano puede darlo por terminado, y despedir o invitar a irse a sus consejeros. Incluso con un punto de grosería y un lenguaje intimidatorio. Porque Coalición es consciente de su inmenso poder -superior al de sus votos-, lo ejerce sin contemplaciones y no siempre guarda las formas.

El sistema electoral canario nos condena a una política de pactos. En toda la corta historia electoral y parlamentaria canaria ninguna fuerza política ha alcanzado la mayoría absoluta de 31 diputados y ni siquiera los 27 socialistas de Jerónimo Saavedra en 1983, que le permitieron gobernar en coalición. Hace cuatro años, López Aguilar consiguió 26, pero fue enviado a la oposición por un pacto de perdedores. El pacto de perdedores se ha repetido ahora con el eterno protagonista -ATI-Coalición Canaria- y los socialistas en horas bajas. Y el ciudadano elector está desorientado -y desmoralizado- porque no entiende que el Partido Popular tenga sesenta mil votos más que Coalición en las elecciones canarias pero el mismo número de diputados. Y que, encima, acabe en la oposición siendo el partido vencedor, mientras los perdedores socialistas se encumbran a la vicepresidencia y al Gobierno.

Estos pactos entre perdedores son también pactos entre los eternos rivales del pleito insular, Tenerife y Las Palmas para entendernos. Unos eternos rivales cuyas estructuras sociales y económicas dispares originan un comportamiento electoral dispar. A pesar de su nombre y sus esfuerzos, Coalición Canaria es básicamente ATI y los palmeros, con personajes en busca de autor añadidos en otras islas. Su presencia en Las Palmas es anecdótica, mientras allí la auténtica competencia electoral se da entre los dos partidos de implantación nacional, con la tercería de Nueva Canarias. De modo que, una vez celebradas las elecciones, ATI-Coalición Canaria, representante de Tenerife, elige al partido de Las Palmas con el que va a sellar el pacto. Y así hasta dentro de cuatro años, en que se volverá a repetir la historia. Una historia para no dormir la democracia, por cierto.

Descartado el pacto formal a la vasca, una sana -y muy democrática- variante práctica, que oxigenaría la enrarecida atmósfera política isleña, consistiría en que populares y socialistas respetasen la regla del partido vencedor (ahora el Partido Popular y hace cuatro años el Partido Socialista), y permitiesen con su abstención, e incluso con algún voto prestado, que ese partido formase Gobierno. En 2007 López Aguilar tenía un indudable derecho democrático ganado en las urnas a formar Gobierno y a gobernar en minoría. Ahora, en 2011, ese derecho lo tiene Soria. En ambos casos, ese derecho se ha visto frustrado. Y no es bueno para la democracia que haya ocurrido así y que, con seguridad, vaya a ocurrir en 2015 y hasta el fin de los tiempos.

En un ejercicio de esquizofrenia política que practican todos los partidos nacionalistas en España, Coalición Canaria ha apoyado al Partido Socialista en Madrid mientras lo combatía en Canarias, en donde gobernaba con el Partido Popular. Ahora la situación se invierte, y los socialistas canarios deberán aceptar que sus socios voten en Madrid con Rajoy y su gente si estos por fin ganan las elecciones generales. Y si los socialistas no están de acuerdo ya saben el camino. Porque en los pactos canarios de perdedores uno de los perdedores gana siempre.

Como era de esperar, entre sus dos socios posibles Coalición Canaria elige siempre para pactar al más débil de los dos, al que permite gobernar en las áreas que no considera estratégicas, es decir, cuyo control no pone en peligro su monopolio de poder. Esta vez le ha tocado al Partido Socialista, al que los españoles -y los canarios- acabamos de rechazar en las urnas. Pero desoír la voluntad ciudadana no es algo que le importe a Coalición Canaria. Ya lo hace cuando reclama la presidencia del Gobierno. Tampoco parece importarle a su portavoz en el Congreso de los Diputados, que protagonizó una innecesaria, sonrojante y personalista escena de despedida a Rodríguez Zapatero, un político amortizado por su propio partido. Una escena excesiva, propia de una telenovela, en la que llegó a asegurarle al todavía presidente: “Usted puede mirar a los ojos a los españoles”.

La mayoría de los españoles -y de los canarios- hemos proclamado con nuestro voto que discrepamos absolutamente de la portavoz coalicionera. A la vista de su ejecutoria, estamos persuadidos que el, por desgracia, todavía presidente del Gobierno no puede mirar a los ojos a los españoles; y que no debería intentarlo siquiera. Mientras tanto, los ciudadanos de estas islas tan poco afortunadas soñamos con la democracia, y soñamos que cuando suene el despertador no sea otra vez el día de la marmota y ya haya llegado, por fin, el día siguiente.