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Por Domingo-Luis Hernández >

El horóscopo

   

Que el tiempo es el asunto que más preocupa a los hombres, no cabe duda. De ahí una de sus más grandes invenciones, desde que tiene conciencia de ser hombre en este mundo: Dios.

En los manejos de los seres humanos, la dicha constatación se encadena a la trama misma de su signo, el signo de ser en el tiempo, de ser por el tiempo. Así se aprecian los opuestos en su esencialidad: Dios y el asesino de Dios, eternidad y finitud, permanencia y desaparición.

El asunto no explica sólo las expectativas de los llamados creyentes frente a los que no lo son; el asunto es más primario y revela la conjetura de aceptar el fin como incuestionable o creer que el hombre es mucho más de lo que nos es permitido apreciar y que, por ello, siquiera sea de un modo inmaterial, permanecemos después de la muerte; es decir, el fin físico no es el fin definitivo.

Recuerdo, al respecto, una oposición cumbre: Borges y su otro, esto es, Roberto Arlt. Sitúo una diatriba sorprendente sobre ello. Es ésta: Borges lector furibundo del pesimista Schopenhauer; Arlt conocedor hasta la médula del asesino de Cristo Nietzsche. Visto el asunto superficialmente podríamos llegar al acuerdo de que Borges y Arlt se tocan en ese punto. No es cierto. El intelectual Borges usa y recapacita sobre el filósofo maestro; el existencialista Arlt sobre las ascuas de Nietzsche. Schopenhauer llega a Borges por los efluvios de los libros; Nietzsche llega a Arlt por el empuje de la vida. A Borges lo colocó su padre en una ingente biblioteca cargada de libros ingleses donde encontró (entre otros muchos autores) a Schopenhauer; a Arlt lo colocó su madre en el mundo con el Anticristo de Nietzsche debajo del brazo.

Vale la pena repetir aquí la anécdota de la señora Iostraibitzer. Dijo que en cierta ocasión, a las puertas de una conferencia del filósofo en Viena a la que acudió, ella lo vio y lo miró a los ojos, él la vio y clavó sus ojos en sus ojos. Desde entonces amantes para siempre. La madre de Arlt se dedicaba al espiritismo en Buenos Aires. Ella creía que la vida material no era equiparable a la vida espiritual, pero que la una no arruinaba a la otra. Ekaterina Iostraibitzer era amante de Nietzsche a pesar de compartir la vida con el iluso Karl Arlt. La casa estaba llena de libros del filósofo. Arlt lo apreció y lo leyó con entusiasmo. No es extraño, pues, que un chico de 20 años firmara un texto sorprendente que se llama Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires donde dio razón a los tres niveles con los que articuló su obra cumbre: Los siete locos/Los Lanzallamas. Son éstos: la vida sensible, el alma y el tercer nivel, la vida que escapa a los sentidos de los hombres. Que se precisara un super yo por decisión de su madre era igual a creerse inmortal. Por eso, cuando murió su padre y un amigo lo encontró jugando al billar en el entierro de su progenitor, le dijo: “Quien es hijo de puta en vida será hijo de puta después de la muerte”. Los seres humanos arrastran al más allá su condición y con ella perviven. Por eso, después de que su médico encontrara un defecto irremisible en su corazón, subió corriendo las escaleras de los catorce pisos de la consulta del cardiólogo y en su despacho, jadeando, le gritó: “Vos me decís que no haga esfuerzos. Subí las escaleras corriendo y no me he muerto”.

Arlt es el otro de Borges en los juegos con el tiempo. No es extraño, pues, que en un poema descomunal que se llama Milonga de Juan Muraña (que está en La cifra, del año 1981), Borges lo precisara. Traduzco: he vivido en los libros, no en la vida. Y esa es la conmoción final de Jorge Luis Borges.

Vuelvo al Joseph K. Dick de la novela Ubick. Ahí se encuentra una diatriba esencial sobre estos pormenores de los hombres. Por un lado, el apremio de nuestra condición: no aceptar lo fatal. Por eso existen ahí los semivivos, cuerpos congelados pero de conciencia activa después de la muerte. Por otro, se encuentra ahí una de las invenciones más sublimes de un escritor: dominar el tiempo hacia el pasado.

En el relato de Dick, dos fuerzas se oponen: los que ocupan el pasado para sojuzgar a los otros hombres y los que ocupan el pasado para arreglar los entuertos de los hombres. Es previsible, si así se opera, que fulanita de tal (que tales dones posee) pueda casarse con quien desea casarse o resolver los problemas cotidianos o articular procesos absolutos para retener lo que los seres humanos llamamos felicidad.

¿Por qué no el futuro? Dick lo manifiesta: porque el futuro no existe y los hombres que aman la vida solo con la vida se comprometen, como hizo el vitalista Arlt frente al Borges de la memoria arruinada.

¿Por qué nos apasionan entonces los horóscopos a los seres comunes, por qué a pesar de que no se comprueben con éxito sus previsiones no nos negamos a repasar la página de los periódicos que los contienen? Porque el tiempo no es un aliado de los hombre y porque los hombres odiamos más que nada en este mundo la crueldad de los dioses, eso que se llama inevitable.