X
AVISOS POLÍTICOS > POR JUAN HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA

El milagro de P. Rubalcaba

   

El lunes pasado Rodríguez Zapatero anunció por fin la salida del Ejecutivo del candidato que se hace llamar P. Rubalcaba y la mínima remodelación -ajuste- gubernamental subsiguiente. El guión era conocido y, en contra de lo insinuado por algunos medios, no se produjeron sorpresas en la sucesión de los tres cargos que perdían a su, hasta ahora, único titular. La vacante en la vicepresidencia primera del Gobierno hizo ascender un grado a los otros dos vicepresidentes; José Blanco, vicesecretario general del partido y ministro de Fomento, se convirtió en portavoz gubernamental; y el secretario de Estado para la Seguridad, Antonio Camacho, principal colaborador de P. Rubalcaba, le sucedió en el Ministerio. Un relevo que, a su vez, originó un proceso ordenado de sustituciones y ascensos en el escalafón del Departamento. En definitiva, la novena crisis en los Gobiernos del, por desgracia, todavía presidente fue un mero retoque intrascendente, sin la menor consecuencia práctica.

La que sí constituye una auténtica crisis que comporta las más terribles consecuencias de todo orden es la coyuntura económica y financiera española. El mismo día en que Rodríguez Zapatero intentaba vendernos las excelencias de su tímido reajuste los acontecimientos económicos se precipitaron. La prima de riesgo-país española, que mide nuestro diferencial con el bono alemán a diez años, es decir, la confianza que genera en los mercados nuestra economía y su capacidad para hacer frente a la deuda, alcanzó su máximo histórico, y se catapultó desde los 285 puntos básicos hasta más de 380, aunque más tarde se reajustó en torno a los 330 y descendió a los 315. Al mismo tiempo, los intereses de nuestra deuda superaron el límite histórico del 6%, si bien después se estabilizaron por debajo. Unas noticias preocupantes que presidieron las jornadas del lunes y martes, y eclipsaron los cambios en el Gobierno.
La explicación oficial de lo sucedido lo relaciona con los graves problemas de la zona euro, en conexión con el colapso griego y las nuevas dificultades irlandesas; y, en especial, con la crisis bancaria italiana y la caída de la bolsa de Milán, que arrastró a otras bolsas europeas, entre ellas la de Madrid. El Eurogrupo se reunió con Italia, y, ante la evidencia de los ataques especulativos que estaban sufriendo las economías del sur de Europa, el Banco Central Europeo hizo compras masivas de sus bonos y logró enfriar la situación. Sin embargo, a pesar de ser cierta esa explicación oficial, no es menos cierto que uno de los factores que resta credibilidad y capacidad para generar confianza a nuestra economía es la persistencia del actual Gobierno, y el empecinamiento de su presidente en no adelantar las elecciones y seguir hasta el final. Rodríguez Zapatero es un político amortizado por su propio partido que, en la práctica, gobierna como un presidente en funciones. Se ha convertido en predecible, y es sabido lo que puede hacer y lo que hará en los meses que le quedan. Desde luego, nada que sea capaz de conseguir esos brotes verdes con los que tantas veces nos mintió y que nunca existieron. El lunes pasado, antes de la comparecencia del presidente, existían ciertos indicios de un adelanto electoral. Dirigentes del partido y miembros del Gobierno no lo habían descartado en sus manifestaciones. Lo aconsejaban los nacionalistas catalanes de Convergència i Unió, y el propio P. Rubalcaba lo había insinuado. Incluso Comisiones Obreras, después de años de complicidad con el Gobierno, lo reclamaba. No obstante, las declaraciones de Rodríguez Zapatero ni lo aludieron. Y así se perdió una nueva oportunidad. Porque el solo anuncio de las elecciones mejoraría la mayoría de los parámetros de nuestra economía e insuflaría aire fresco en sus pulmones.

Ahora bien, persisten factores estructurales que impiden respirar a nuestros mercados. La reforma eternamente abordada y nunca concluida del mercado laboral, por supuesto. Pero hay reformas pendientes más graves y urgentes. Todos los esfuerzos del Estado por controlar y reducir su insoportable déficit no servirán para nada si no se controlan y se reducen los déficits irresponsables de Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. Es prioritario abordar de una vez el desastre sin paliativos que ha producido la gestión politizada y sectaria de las Cajas de Ahorro. Un sector de la banca no supera los test europeos de estrés. Y la solución no está en negar fiabilidad a esos test, como ha hecho la ahora vicepresidenta primera Salgado, que, a pesar de ello, ha tenido que admitir que alguna Caja los puede suspender. Y no olvidemos que la prima de riesgo-país italiana es inferior a la nuestra, en torno a 290 puntos básicos. En otras palabras, si queremos sobrevivir, hemos de ir más allá de las medidas meramente cosméticas de reducir el número de cargos o el número de coches oficiales. El ir en taxi, como hacía el, por fortuna, antiguo presidente del Gobierno cántabro, no deja de ser una demagogia populista de las más baratas.

Con el candidato P. Rubalcaba el Partido Socialista pretende conseguir el milagro de remontar los pasados resultados electorales autonómicos y locales, y la persistencia desfavorable de las encuestas. En una carta a los militantes socialistas, en la que solicita su apoyo electoral, el candidato ha asegurado que quiere continuar la labor de los Gobiernos de Zapatero y González. Él sabrá lo que hace, porque los españoles han expresado recientemente en las urnas la opinión que les merece el Gobierno de Zapatero. Las que resultan intolerables son sus afirmaciones -por otra parte increíbles- de que conoce la solución del problema del paro. Cualquier persona que conociera esa solución -y más si es un gobernante- y la ocultara como arma electoral cometería un auténtico delito de traición al pueblo español y a la democracia. Ya va siendo hora de que exijamos seriedad, rigor y decencia verbal a nuestros políticos, no solo a P. Rubalcaba. Es lo mínimo que les debemos exigir.

El milagro de P. Tinto es una película española de finales del siglo pasado dirigida por Javier Fesser. Su argumento -o su falta de argumento-, disparatado y surrealista, oscila entre el humor y la fantasía más increíble. Nos guste o no, al menos nos garantiza la risa, aunque para algunos sea una risa triste y desangelada. El milagro de P. Rubalcaba, por desgracia, está muy lejos de hacernos reír, y únicamente nos garantiza más de lo mismo: más crisis, más corrupción y más paro.