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Por Juan Cruz Ruiz >

El nombre propio de la nobleza

   

Es algo muy serio lo que acaba de ocurrir, pues no se trata tan solo, con ser esta noticia de una gravedad sin fondo, de que haya muerto un hombre noble y honesto, un artista, un amigo común a muchos de los que lo conocimos y nos hemos enorgullecido de compartir con él (es decir, de vivir con él) esa experiencia de rara bondad radical. Y es que Mariano Vega Luque, poeta, dramaturgo, actor civil de momentos importantes de la vida pública de la intelectualidad canaria, expresidente del Ateneo, ser humano de inconmensurables valores verdaderos, está entre esos seres irrepetibles que, además, son imprescindibles en una sociedad como la nuestra, en conflicto permanente y siempre reconstruyéndose. Aparte de esos valores que tuvo como artista y como profesional de la comunicación, hubo en Mariano Vega (hay en Mariano Vega) un compromiso civil del que nos servimos todos los que, muchos escalones por debajo de su nobleza legendaria, tuvimos que pedirle consejo ante momentos graves de nuestras propias vidas, pero sobre todo ante los momentos en los que la mezquindad de existir lo convertía para nosotros todos en un faro que relativizaba todas las controversias. Una vez lo vi llorar delante del telón del Cine Víctor, mientras preparábamos una entrevista para TelevisiónCanaria; fue un instante, quizá un segundo, pero era como si toda la edad de su adolescencia se hubiera concentrado en esa metáfora que Mariano agarró por el cuello, la retorció con la grandeza de los artistas y la convirtió en una señal de que estaba viva, dentro de su alma, la vivencia entera de su adolescencia. Tengo ese recuerdo como uno de los grandes tesoros de la humanidad diversa de este amigo grande que era también, y sobre todo, un hermano necesario, el hermano que todos querríamos tener cerca para que los abismos de entorpecimiento que nos traen la envidia o el odio se vayan por los barrancos de la nada. Mariano Vega siempre tuvo, y eso nos deja como un ejemplo, la palabra justa; en la poesía, en el teatro, en la comunicación; y era, también, una palabra bien dicha, explicativa y honda, pero ante todo era una palabra honesta; tenía Mariano la pasión de la verdad, en el sentido machadiano; no estaba en posesión de certeza alguna; la amistad le servía para andar con otros, y para aprender de los otros las verdades (es decir, las dudas) que no había logrado despejar. Era un hombre con otros, un ser comprometido, un amante fiel de Olga Bencomo, su mujer, y un amante fiel de sus amigos. Lo recuerdo compungido con muertes que nos han destrozado la vida (la del doctor Toledo, por ejemplo); y lo recuerdo repartiendo, con la insólita calidad civil de su solidaridad perenne, el cariño que sólo saben distribuir con sentido los amigos respetuosos, que están en el dolor sin decirlo, y que asisten al que se duele sin que éste sea muy consciente de donde viene la mano que lo abraza.

Es muy importante Mariano Vega en nuestras vidas; porque era necesaria su voz, su mediación, su consejo, y porque su muerte nos deja heridos civilmente, moralmente, nos arranca de cuajo un punto de referencia, una advertencia moral de la que jamás dimitió. Un hombre bueno, alguien especialmente serio, y seria es esta pérdida, no es tan solo una muerte, con serlo tan gravemente, es un hueco enorme que se le abre a la esperanza que teníamos de contar al lado con un hermano así por mucho tiempo.