X
EL SALTO DEL SALMÓN > POR LUIS AGUILERA

El oro y el moro

   

Gregorio Zuquila fue el primer hombre muerto que yo vi. No tan de cerca. Solo un cuerpo lejano, una mancha negra que por momentos se hacía silueta humana entre las luces inquietas de lámparas y linternas. Yo vi cuando sus impasibles compañeros de trabajo aparecieron por la boca de la mina cargándolo por sus cuatro extremidades como un bulto de peso absoluto y mineral. Si algo me quedó grabado a fuego en la memoria fueron los rostros teñidos por el polvo de carbón de sus rescatadores. Parecían seres de ultratumba abocados a una tarea de rutina.

Lo dejaron tendido sobre la hierba tierna de la alborada esperando la llegada de una autoridad, que apareció al mediodía con la desgana de los formalismos oficiales.
Según oí después, una acumulación de gas grisú causó la explosión que lo mató. Diomedes, el capataz de la mina, había llegado con la noticia cuando aún era noche cerrada. Los trabajos comenzaban a las cuatro de la madrugada. A fin de cuentas, para quienes trabajan a cientos de metros bajo la tierra, el sol es un accidente que no impone condición ni horario. Mi padre tomó la camioneta y fue al pueblo a dar cuenta de lo sucedido y a traer personal del hospital local por si había heridos. Era cosa aprendida.

En mala hora se me ocurrió acompañar al capataz de regreso y yo mismo ensillé la Golondrina. A paso de caballo llegamos justo en el momento que sacaban el cadáver. Entonces, Diomedes me dio una orden que tenía la displicencia militar de los cuarteles: “Hágase lejitos que esto no es pa’ verlo en ayunas”. Yo tenía quince años y el mismo Gregorio me había acompañado a explorar aquel hueco sin fin y del que decían que ya era explotado por los indígenas en tiempos precolombinos.

Uno tarda en poner los hechos particulares sobre el mapa general de una realidad mucho más ancha y extensa. Si llegué a pensar que el recuerdo de Gregorio navegaría como un témpano de carbón aislado y oscuro que de tanto en tanto iba a emerger en una pesadilla, poco a poco su figura desgarbada, tan seca y llena de huesos, se me fue volviendo la encarnación más viva de lo que es la minería en América Latina.

Gregorio no era un individuo. Era un pueblo. Y la rica heredera propietaria de esas minas, que apenas eran nada en la extensísima hacienda ganadera que mi padre administraba, representaba en mínimo el papel de las grandes multinacionales que explotan nuestros recursos. Probablemente aquella ricachona no conoció jamás a sus esforzados trabajadores, instalada cómodamente en su mansión de Bogotá o de París y recibiendo sus beneficios como mil veces potenciados los reciben la Barrick Golden, la Santa Ana, la Anaconda, la Exxon o la Shell, emporios instalados en sus centros de poder mientras los aborígenes de los Andes son baleados, acosados y perseguidos por defender las riquezas mineras y acuíferas de un país que creen suyo pero que no les pertenece.

Es el destino de millones de Gregorios Zuquilas que se dejan la piel para morir con el oro, la plata, el zinc, el litio, el petróleo de su salvación escapando por sus manos.

Mientras ellos sufren, los gobiernos de turno se ufanan en dar facilidades para atraer inversiones como si éstas fueran superiores a las riquezas que se llevan.