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Por Tomás Cano >

El tiempo que nos queda

   

Hoy me encuentro a mí mismo ante la incapacidad de un hombre para expresar en palabras sus sentimientos más profundos. Nos ha dejado José María Llodrá, el amigo y el compañero en grandes batallas, y con él se ha ido su amistad y su figura indiscutible.

A pesar de su enfermedad, ha sido un mazazo terrible, porque a mi memoria vienen los tiempos de Hispania, cuando lo conocí por primera vez; y de Air Europa, Oasis, Air Comet, Aerolíneas Argentinas. Se ha ido una persona única e irrepetible del transporte aéreo español, un hombre adelantado a su tiempo y un gran profesional.

No quiero añadir más porque no quiero alcanzar la máxima de que los difuntos siempre son ensalzados. Yo creo sinceramente que sólo hay un momento en esta vida en el que uno suele tener más amigos que nunca, y éste no es otro que cuando se está muerto, porque en ese momento todo el mundo puede permitirse compensar, con dulces mentiras, toda la iniquidad que hemos reservado a los vivos.

Me van a permitir que le dedique pues estas letras, parafraseando a Cristina Rossetti: “¿Va cuesta arriba todo este camino? Hasta el mismo final. ¿Llevará la jornada el día entero? Desde el alba a la noche, amigo mío. ¿Y ofrecerá en la noche un lugar de descanso? Encontrarás un techo para las lentas, las oscuras horas. ¿Y si no puedo verlo entre tantas tinieblas? Esa es posada que nadie pierde. ¿Hallaré otros viajeros cuando llegue la noche? Aquellos que te fueron por delante. ¿Golpearé la aldaba, daré voces al verla? No se trata de puerta que haga esperar a nadie. Dolorido y cansado, ¿encontraré cobijo? Allí estará el final de todos tus trabajos. Todos los que buscamos, ¿tendremos allí lecho? Sí, todos los que lleguen encontrarán su cama”.
Hasta siempre, José María.

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