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Por Randolph Revoredo >

El venezolano

   

Lo de Miami es un caso de depresión profunda inmobiliaria. Con todo y eso, dicen que de las pocas cosas que salvan de la debacle las últimas temporadas son las ventas de pisos a venezolanos que pagan en metálico. Se concentra, al parecer, en la zona céntrica del downtown y Brickell.

Miami refuerza así su imagen de capital refugio latinoamericana y es una de las ciudades con la presencia de venezolanos más creciente en clarísima competencia con Tenerife. La ola de inversión de compradores venezolanos de la era democrática se situaron en Doral y Fontainebleau, en ambos casos cercanos al aeropuerto internacional y renunciando a la playa. Parte de su ecosistema es el Mall de Las Américas y el Dolphin Mall. En la actualidad, la nueva generación se ha centrado más alrededor del centro de la ciudad, que experimentó un resurgir de inversión agresiva hace algunos años empujado quizá por la locura de la burbuja. Probables asiduos del supermercado Whole Foods de Brickell, algo del Bay Side (que dicen que recobró vida gracias a los neochavistas) y de las playas cercanas está claro que crearán poco a poco su hábitat.

El perfil de residentes venezolanos de la era democrática -la anterior- es del profesional con estudios universitarios procedente de clase media y media alta venezolana. Hijos de quienes prosperaron en la década de los setenta, ochenta y principios de los noventa; constructores (en el amplio sentido), arquitectos, comerciantes y políticos.

Últimamente nos atrevemos a adivinar varios colectivos inversores: una última oleada de pequeños y medianos empresarios de la era democrática en retirada que han querido aguantar todo lo que se pudiese antes de poner a emigrar sus capitales a destino más seguro, y otra ola en número creciente, beneficiarios del régimen y más allá de cualquier contradicción ideológica, llevan el lucro de sus actividades socialistas a sendas cuentas bancarias amparadas por el Tesoro Americano. Fenómeno sociológico claramente acrecentado en estos momentos (no vaya a ser que la quimioterapia no funcione).

Tenerife no es ajena a inversiones privadas venezolanas, pero el destino y patrón de entrada es más difícil de determinar porque las inversiones están claramente condicionadas a lazos de sangre, raíces, o incapacidad de llegar al mercado americano y/o a un espíritu de diversificación del riesgo (no vaya a ser que la situación política lleve a impasses que bloqueen temporalmente activos venezolanos en USA).

Con el paso del tiempo, cuando pase el tiempo político (que pasará) es más fácil hacer ejercicio de imaginación a propósito de la colonia venezolana en Miami que la de Tenerife.

Tendremos Miami con dos colectivos históricamente y quizá ideológicamente separados conviviendo en el mismo sitio. Procedentes de dos eras radicalmente distintas una de la otra.

La descendencia de esta generaciones quizá tiendan a olvidar las diferencias pasadas; pero ¿cómo evolucionará la venezolanidad en Tenerife? Con los crecientes incentivos que sienten las generaciones jóvenes a emigrar fuera de España no sabemos qué pasará.