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POR LUIS AGUILERA >

Esther, los machos y Mafalda

   

Los hinchas argentinos llaman banderazo a una tumultuosa manifestación frente a las dependencias del club de sus desvelos. El día anterior a que River Plate jugara el partido que decidiría fatalmente su permanencia en primera división, de la que nunca había descendido en sus 110 años de historia, los convocados no hicieron más que proclamar que el club les pertenecía y que el equipo debía dejar alma, sangre y piel sobre la hierba. Era el honor a salvo o la inmortal deshonra. Ganar ante el Belgrano era un imperativo sin disculpa ni perdón.

Poco antes de terminar el partido los hinchas supieron que, a falta de dos goles, no se remontaría el resultado y que River Plate se hundía irremediablemente en el infierno de los equipos provincianos, condenado a trasegar como un maldito por una categoría para la cual no había nacido y, lo que era peor, dejándole la cancha libre a su archirival Boca Junior, del que sentían la pata del vencedor sobre el pescuezo. Entonces comenzaron a llover toda suerte de objetos, amenazas de muerte y de insultos, obligando al árbitro a dar por terminado el encuentro antes de tiempo. Lo que siguió fue un vandalismo ciego e irracional. No hubo sitio del Monumental que no fuera destrozado. La onda expansiva de su furia se cebó en vehículos, comercios, mobiliario urbano y policía. Bastó un día para que pasaran de ser propietarios del club a querer dejarlo desmontado sobre sus ruinas.

El episodio me hizo recordar a los ultrasur cuando el Tenerife de Valdano mandó a la miseria del subcampeonato al Real Madrid que ya cantaba el alirón. Y por su puesto vinieron a la memoria los hooligans, algún seguidor del Bilbao asesinado en Madrid y una guerra con muertos entre aficiones de El Salvador y de Honduras. Hablar de los crímenes cometidos por las barras bravas sería resumir con grosería. La pregunta es inevitable: ¿qué tiene que ver el fútbol con la violencia?
La respuesta la vine a encontrar en el reducido kiosco (también cafetería) donde acostumbro a tomarme un cortadito. Esther, la dueña, es una mujer que frisa los 40, de carácter alegre y sencillo, siempre tan sola que con frecuencia los clientes terminamos despachando mientras ella lleva desayunos. Lo que la acompaña es un televisor siempre encendido. Como el descenso de River fue conmoción nacional, cuando entré al local la monotemática TV pasaba imágenes de aquella refriega de dementes. Me servía Esther cuando le dije: “Mire si hay imbéciles que enloquecen por un equipo de fútbol”. Ella se quedó mirando la pantalla con la bandeja en la mano. Entonces me preguntó: “¿Ha visto alguna vez en su vida que las mujeres hagamos algo así?” Y ella misma se respondió: “No señor, no es culpa del fútbol. Es una manada de machos tratando de demostrar quién es el más macho de todos. Eran menos tontos de monos”.

Me quedé mirándola. Se me pareció a alguien pero en ese instante no supe con precisión a quién. Esther pensó un segundo y volvió a decir: “¿Sabe por qué el fútbol es lo más importante del mundo? Porque es el único sufrimiento que se comparte. Los demás, cada uno con su mochila”. La volví a mirar y creí reconocerla. ¿De niña no se llamaba Mafalda?