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Expertos canarios se contradicen ante un Bachillerato de excelencia

   

BRENDA FRENQUEL* | SANTA CRUZ DE TENERIFE

El detonante fueron las declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, de crear Bachilleratos de Excelencia para los alumnos que superen el ocho de nota en Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Las opiniones encontradas en todo el país no se hicieron esperar.

En Canarias hay unos siete mil niños superdotados. Expertos tinerfeños opinan sobre cómo actuar con menores con ese potencial. Unos afirman que es una idea magnífica; así lo manifiesta la profesora de Metodología de Ciencias del Comportamiento de la Universidad de La Laguna (ULL), África Borges. Asegura que en los colegios se organizan a los niños por su edad, dándose por sentado que tienen capacidades equivalentes; pero cuando un niño tiene una capacidad intelectual mayor que sus compañeros de clase, de alguna manera, se le está forzando a estar en un contexto inadecuado. Por ello piensa que una segregación bien llevada y con coherencia ayudaría a satisfacer las necesidades educativas de estos menores poseedores de un potencial por encima de su edad. Los niños en general necesitan retos, y los superdotados aún más. Es un problema que se les de una formación que no se adapte a sus necesidades y capacidades. Por eso se aburren y abandonan, porque dejan de tener interés.

Otros investigadores consideran que segregarlos es una forma de excluir a esos niños. Así lo cree el profesor de Psicología de la ULL y experto en Neuropsicología, Sergio Hernández Expósito. Considera que ese sistema privaría a los niños del componente social, de poder interactuar con otros niños de su misma edad. “Muchos niños con altas capacidades se esconden, se niegan a sí mismos, porque no quieren ser excluidos del resto de los mortales”, asegura Hernández. Añade que “la sociedad debería tender a maximizar los talentos de los niños con altas capacidades, cuidarlos de alguna forma, ya que de su buen quehacer nos vamos a beneficiar todos, pero en un contexto de normalización”.

Un niño superdotado tiene un rendimiento por encima de lo esperado por su edad, pero solo en algunas tareas, es decir, su desarrollo emocional es propio de un niño de su edad. “Con las propuestas de Esperanza Aguirre probablemente se incrementen sus habilidades cognitivas, pero a costa de su crecimiento emocional”, afirma Hernández.

La superdotación es una capacidad parcializada, es decir, se puede ser extremadamente bueno en una tarea y no en otra. Los seres humanos tenemos un conjunto de genes que forman proteínas que, a su vez, constituyen mediante sus uniones las distintas regiones que conforman el cerebro. Hasta aquí se puede decir que es innato y depende de la carga genética que se herede de los antecesores.

Todas esas estructuras cerebrales tienen genéticamente la misión de desarrollar una función. Para ello deben experimentar la validación funcional, esto es, enfrentarse al estimulo ambiental que hace posible esta función. Tal es así que si una función cerebral no se enfrenta al estimulo que la hace posible, termina atrofiándose.

Lo dicho significa que un niño puede tener un gen de superdotación, pero si no se le brinda lo necesario podrá desarrollar una especie de inteligencia innata para hacer algo que se desarrolle en su ambiente, pero no se desarrollarían todas las posibles potencialidades.

Admite Sergio Hernández que “el sistema educativo es tremendamente rígido y los niños con altas capacidades resuelven con facilidad las tareas que les ponen en clase, pero ellos necesitan adaptaciones curriculares, exigiéndole más que a uno de su edad para evitar que se aburran”. Y advierte que “en muchas ocasiones se confunde una alta capacidad con ciertas patologías, como es el trastorno por déficit de atención con hiperactividad; en este caso los niños pasan por inatentos y, si no se les controlan, suspenden. Por eso necesitan que les reten con tareas más complicadas”, añade.

Hay pruebas que indican que un bebé puede llegar a ser superdotado, como que gatee o camine antes que la media. Pero son signos no muy fiables. La identificación rigurosa de altas capacidades hay que hacerla en torno a los siete años, cuando se ha terminado de desarrollar el conjunto de funciones que cada individuo es capaz de realizar. Cuando estas funciones estén desarrolladas, se puede emitir un juicio, aunque sin saber aún la capacidad que tiene el niño. Es hacia los doce años cuando se puede dar un diagnóstico de superdotación, porque suele ocurrir que a niños que se le han detectado altas capacidades, en test posteriores no se les detecta. Según África Borges, esto puede deberse a un desarrollo intelectual más temprano que luego se iguala con el de los niños de su edad. Esto ocurre porque no les sea útil ser inteligentes o porque lo son y se retraen. Con el fin de contribuir al desarrollo integral de los niños con altas capacidades se ha puesto en marcha el programa Pipac. Trata la parte socioafectiva de los niños e intenta contribuir a su buen desarrollo. Los padres participan en este estudio para proporcionarles recursos y estrategias que mejoren su labor educativa y formativa. También se trabaja con adolescentes para que desarrollen sus habilidades sociales y personales en aras de su buena inserción en la sociedad. La directora del programa, África Borges, destaca los resultados positivos, ya que los niños son motivados y se les facilita compartir un lenguaje común.

*Reportajes elaborador por la colaboración entre el Aula de Cultura Digital Interactiva de la Universidad de La Laguna (Acudi) y DIARIO DE AVISOS