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Por Ramiro Cuende Tascón >

Impedimentismo

   

Impedimentismo o dificultismo, según se mire ¿Es un fenómeno propio de las sociedades saciadas? ¿Es lógico complicar las cosas sencillas para sentir la importancia del juzgador? ¿En tiempos de inmovilidad, de quietud, de dificultad, tiene sentido practicar la confusión y la duda a diestro y siniestro para aliviar conciencias vacías? No, pienso que cuando la tormenta arrecia hemos de bajar la mayor o rizarla, colocar el tormentín y hacer virtud de la confianza. ¿Quién era Circe?, ¡tranquilidad!, enseguida se lo digo. Era una diosa y hechicera griega que vivió en una isla llamada Eea. La política se hace con y para la ciudadanía. Para personajes como Luis Alemany, dramaturgo y novelista, autor de Los puercos de Circe, novela en la que retrata el Santa Cruz de los sesenta y rememora una época en la que la noche era un factor principal de la vida de la ciudad. Esa noche ha desaparecido, y el cosmopolitismo que él echa de menos también, por lo cual, dice, “yo no vibro ante Santa Cruz, no tiene ánimo, ni bueno ni malo, como los actores a los que no sabes calificar…” Ahora, dice también Alemany, “no hay ese pulso”. ¿Y por qué? Acaso, dice, la gente se ha acomodado, “como no se ganó a pulso la democracia… Pasa como con el amor: si no lo ganas a pulso, termina maleándose…” Tristezas, pensamientos, melancolías, ¿qué?; recuerdos, añoranzas, ¿verdades? ¡No sé! Algo está pasando. Siempre pasa algo. Nos tenemos que obligar a vibrar. Hay que trabajar, es más, crear y creer en el trabajo. Habrá que buscar como remunerar esta nueva generación de empleos, habrá que cuantificar los tiempos, habrá que repartir más, habrá que ganar menos -por supuesto, mucho menos los que tienen mucho más, a los que no tienen nada o casi nada, ¿qué se les va a quitar?, habrá que compartir de otra forma, habrá que escribir el futuro. No es fácil, pero guste o no, sólo hay dos caminos: la debacle, que algunos desean para gestionar la miseria; o el triunfo, que deseamos la mayoría, por más que nos cueste, porque, mejor rompernos que doblarnos. ¡No lo duden!