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Nicolás Soriano y Benítez de Lugo (1938-?) >

In memoriam Mariano Vega (1940-2011)

   

Querido Mariano: Escribo de noche. Te escribo de noche. He querido dejar pasar unos días desde del acto de tu despedida, para escribirte con el ánimo (alma) más sereno después de haber recibido tantas emociones que yo, como -creo- todos los presentes, vivimos y sentimos, recordándote.

Antes de conocerte físicamente tenía en mi memoria, gracias a la radio, el timbre de tu voz, lleno de ricos matices que te hicieron un locutor y un presentador de excelencia. Esa voz inconfundible, que te distinguía y que, a través de ella, se adivinaba tu calidez humana, estaba precedida por la palabra: la hablada, precisa y parca -jamás te oí un insulto, una descalificación, un desprecio…- y la escrita, que tú, como poeta y cuidadoso de lo bello, tratabas como un fino orfebre.

La calidad humana que trasmitías en todas tus relaciones se reflejaba nítidamente en tu rostro, lo más distintivo de la persona, que yo siempre veía apacible y sonriente. Tu mirada era auténtica y veraz. Cuantos se relacionaban contigo sabíamos que tu actitud no procedía del azar o del fingimiento sino que era fruto de tu interior repleto de sabiduría y cultivado por la lectura, el diálogo y la meditación.

Tengo muy vivo en mi memoria las circunstancias en que nos conocimos: fue en las aulas de la facultad de Filosofía y Letras (1971?), en el viejo edificio central de nuestra Universidad de La Laguna, cursando los dos años comunes para las carreras de letras y humanidades y que hoy casi, por si solos, nos parecen una carrera. Muchas veces compartimos banco e intercambiábamos apuntes. Después, cada uno siguió su camino y, al cabo de un buen puñado de años, nos volvimos a encontrar de nuevo (2002 ¡oh, casualidades de la vida!) en la universidad, esta vez a requerimientos del anterior rector, al que le correspondían dos miembros de su elección para formar parte del Consejo social. Cuando le pregunté en quien había pensado para acompañarme y me dio tu nombre, no lo dudé un segundo. En los plenos del consejo, como en las aulas, nos sentábamos juntos.

Eres un buen ejemplo de la clase de personas que necesita el Consejo social de la universidad. Personas comprometidas con la sociedad, con conocimiento y sentido común, que constituyan un nexo pujante y vivo entre la universidad y la sociedad. Te recuerdo especialmente por tu lucha para que la Facultad de Ciencias de la Información contara con una buena emisora de radio y televisión (¡cómo te atraía tu actividad profesional!) para contribuir así a la mejor formación de sus alumnos y abrirles las puertas del trabajo futuro.

Está muy reciente el día, cuando después de un pleno del consejo, en el campus de Guajara, nos paramos delante de un edificio y te hice levantar la vista para que leyeras su rótulo bien grande: “Facultad de Filosofía”. Me interrogaste con tu mirada, y te dije: “ésta es la facultad más importante de la universidad. El futuro”. Mientras te llevaba a tu casa, hablamos, ¡cómo no!, de filosofía. Te comenté la importancia que tiene para las empresas el contar con personas bien formadas, con una mente lógica (como dice el tópico “cabezas bien amuebladas”), que sepan pensar, reflexionar, argumentar, sintetizar… para las empresas y para la política y para el ejercicio de cualquier actividad profesional. Un día pedirán el título de Filosofía para desempeñar puestos de dirección (de hecho ya se está pidiendo). ¿Veremos algún día la facultad de filosofía llena de alumnos?

La Laguna, ciudad en la que nací y que tú elegiste para vivir, era un tema recurrente en nuestras conversaciones y hablamos también de la muerte (¿o fue otro día?) para la que, como ante cualquier otra desgracia o infortunio, contamos con el lenitivo de la filosofía, como magistralmente lo expone Boecio (s. V-VI) en su Consolación de la filosofía. Reflexiones que me quedan para siempre, gracias a ti.

Tengo a mano un verso de Leopoldo Panero, en su “Escrito a cada instante”, que te ofrezco para terminar este nuevo encuentro contigo: “te miro y pienso en las cosas / que no se acaban jamás / porque Dios las ha mirado / y no las puede olvidar…/ Una noche cerraremos / nuestros ojos. / Lo demás es del viento y de la espuma / pero el amor vivirá”.

Ante la pérdida de un ser querido, siempre se siente remordimientos por no haberlo tratado mejor o aprovechado más intensamente los momentos vividos juntos o simplemente, por no haber buscado nuevas ocasiones de encuentro. Al menos yo, contigo, los he tenido. Tu ejemplo nos ayudará a mejorar nuestras relaciones futuras. Al menos a mí, me has hecho mejor persona. No sé si leerás estas letras – hasta ahí no llego – pero sí sé que nos volveremos a encontrar, aunque sea “dónde quiera que estés” (expresión de tintes agnósticos que no deja de ser otra cosa que el reconocimiento de la trascendencia del insondable misterio humano). Nos encontraremos, seguro. Gracias, Mariano.