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POR PETENERAS > POR RAFAEL ALONSO SOLÍS

Inmolación

   

Inmolar significa espolvorear con harina, lo cual parece relacionar el proceso directamente con el final de un calamar, unas sardinas o unos boquerones, justo en el momento previo a ser introducidos en aceite hirviendo, y un instante antes de convertirse en aperitivo. Es de suponer que algún hechicero del cámbrico o algún nigromante prehistórico, por primera vez, tuviera la ocurrencia de enharinar a las víctimas de los sacrificios, ya fuesen animales del entorno o congéneres incómodos, con lo que el verbo nos ha llegado libre de polvo blanco y listo para ser usado de manera poética. Desde las inmolaciones asociadas a la defensa del credo religioso, es decir, a la fe, y desde la imposición que el destino impone en la mente de los avatares -incluidos aquéllos que, por su condición, disponen de la potestad de elegir el momento y la forma del ritual-, hasta las más recientes actuaciones individuales o colectivas, inmolarse tiene un componente heroico y constituye un gesto de pura entrega, de asunción del sacrificio y de persecución de un bien superior, que, incluso, puede ser compartido con la mismísima divinidad. Dada la escasa poesía, ni siquiera la prosa de barrio cursi, a la que es posible asociar las dimisiones de los políticos, se comprende que, en las raras ocasiones en que se producen, gusten de adornarlas con declaraciones de fingida alcurnia y rumores de gesta. Por eso -un suponer- se hacen tantas cosas por España, por los santos locales y por el baranda de turno.

El país, la tierra provinciana y hasta la casa solariega, se convierten en tales ocasiones en maravillas irrepetibles, a las que el dimisionario hace referencia, con la intención de convertir el marrón en un instante para la posteridad. Luego vienen los titulares, que sin inspiración y sin ganas de hacer esfuerzos, tiran de frases hechas para el diseño de las portadas. Lo cual genera una relación meliflua, una metáfora purificadora, por la que el pringado acaba compartiendo virtudes con la totalidad del santoral y hasta llega a formar parte del martirologio interno de cada cofradía. En el fondo, desde la sonrisa afectada con la que se dicen estas naderías, hasta el cartón piedra con que se hace la puesta en escena, todo tiene un tufo irremediable de fascismo añejo, de tomadura de pelo envuelta en cortinajes de alta comedia venida a menos, con música de batallón y sonido de carraca.