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Por Randolph Revoredo Chocano >

Justos por pecadores

   

La economía no se mueve, dicen, porque la banca no da crédito. Pero resulta que la banca no mueve ficha porque tiene una inmensa cartera hipotecaria (pisos devueltos y no devueltos pero en riesgo) que tiene que purgar; no obstante, resulta que esos préstamos se hicieron en un contexto donde los tipos de interés exageradamente bajos (para España en comparación con otros países de la zona euro) por la entrada en la moneda única. También porque casi todo país rico que se precie se contagió del la euforia del desorbitado crecimiento del sector inmobiliario en Estados Unidos.

Y resulta que el desorbitado crecimiento de la construcción en Estados Unidos tiene sus raíces en las garantías contra impago que varias agencias gubernamentales daban a los bancos, para que éstos asumieran más y más riesgo al prestar a colectivos que de otra forma jamás tendrían acceso a financiación hipotecaria. O sea, que de una decisión tomada de tiempos vinculados a la segunda guerra mundial y la guerra fría, léase, políticos que querían que más y más personas pudieran tener vivienda propia a martillazos distorsionaron un mercado hasta el punto que al final se expedían hipotecas del tipo Ninja (¿o ya nadie las recuerda?): No Income No Jobs No Assets; o sea, financiar la compra de una vivienda por individuos que no tenían trabajo, ni ingreso de ningún tipo ni activos de ninguna clase porque estaban garantizadas por entes de carácter cuasi público (Fannie Mae, por ejemplo, era privada y emitía bonos que todo el mundo inversor compraba porque sabía estaban respaldados por el tesoro americano). De paso: como los banqueros veían aquello como muy explosivo decidieron quitarse la papa caliente creando y vendiendo las famosas CDOs que compró todo inversor que se preciaba como tal; cosa que originó una pinza, CDOs por un lado y burbuja por otro, y estalló la crisis crediticia.

Dicho de otra forma: de una decisión política, tan llena de buenas intenciones como intervencionista y peligrosa, se creó una ola que animó a muchas personas para querer adquirir vivienda fácil. España estaba posicionada perfectamente para tal coyuntura internacional (por los tipos bajos del euro y demás) que entró de lleno en la locura.

Ya se sabe como termina el cuento. Por contra, mucha extrañeza nos produce lo que se ha hecho para identificar las causas de la crisis: en los lugares equivocados y en matar a los mensajeros. Los banqueros siempre han tenido mala fama a lo largo de la historia porque son los que tienen la pasta. Pero resulta que las decisiones estúpidas no son ellos quienes las toman (que también). Por una parte el político idiota (en este caso, norteamericanos) que indirectamente subvenciona a los bancos con dinero de los contribuyentes para que personas que ni siquiera saben sumar se endeuden desproporcionadamente y compren una vivienda. Por otra, empresas y personas carentes de criterio propio que escucharon cantos de sirena o se autoengañaron creyendo que siendo albañiles podían permitirse un nivel de vida de tres mil euros mensuales cuando ese trabajo no vale ni la mitad de eso (y los banqueros que le financiaron tienen su cuota de estupidez).

Por supuesto, es políticamente incorrecto decir en un comunicado algo como lo que sigue:

“Estimados ciudadanos, estamos en esta situación por la decisiones totalmente imbéciles de dos colectivos: a) las prácticas hasta ayer de muchos políticos ídem de las cuales formamos parte quienes hacemos este comunicado (pues somos hijos, sobrinos, amigos entrañables, discípulos ideológicos de ellos), y por otra parte, b) de una cuarta parte de los ciudadanos, empresarios, inversores y banqueros que o son idiotas o incompetentes financieramente hablando, y que por esa razón las otras tres cuartas partes de todas las economías desarrolladas del mundo deberán pagar aguantando más impuestos, pérdida de riqueza, de ingresos, de empleo y demorar sus planes al menos cinco años más”.

Gracias, imbéciles de este planeta, por el regalito.

Esto no significa, para los que se puedan sentir aludidos, que alguien endeudado pertenezca a ese grupo; la razón es muy sencilla: una persona que ahorró, que no vive por encima de sus posibilidades, se aventuró a comprar vivienda porque era su ilusión y biográficamente le tocaba (se casó, se independiza, etc.), que tuvo además que soportar un sobreprecio escandaloso por la burbuja, ahora le rebajan el sueldo o le despiden por culpa de la crisis que provocaron otros. Es una víctima inocente. Ése es el verdadero coste social de la crisis. Y de éstos, legión.

Lo mismo pasa con los ahorritos del personal. Algunos tenían algo en fondos de inversión, otros en acciones, etcétera financiero. Algún inversor aludido habrá porque entiende que se le llama tonto por invertir, por ejemplo, con Maddoff: por creer en asesores y banqueros más que en el criterio propio. Cierto es que ni los propios banqueros ni nadie (quizá ni el propio Maddoff hasta después de tener los primeros años de irrecuperadas pérdidas) sabía lo de la estafa, pero aun así esos productos llamados “estructurados” no superaban un análisis de sensatez y sentido común y violaba la ley natural entre rentabilidad y riesgo. Lo que sí ocurrió, lamentablemente, es que suscriptores de fondos y accionistas vieron tremendas mermas en sus patrimonios por cosas externas a su buen hacer; basta recordar que los índices más representativos como el Dow Jones o el S&P500 está a niveles de 1998, sin demasiadas expectativas.

En este mundo hay dos leyes que funcionan como la de la gravedad: a) cada quien va a lo suyo; b) no hay rentabilidad sin riesgo.