X

La guerra de Ifni-Sahara

   

La última guerra de África. Este es el título del libro de mi buen amigo (q.e.p.d.) Rafael Casas de la Vega; un libro que en mi opinión es la pura realidad de aquella guerra que se desarrolló a menos de 100 kms de Canarias. Una guerra que el general Casas de la Vega supo plasmar todas y cada una de las operaciones, y por supuesto también los errores, y con toda claridad y sin apasionamientos, afirma en dicha obra que gracias al sacrificio de aquellos soldados, la mayor parte de reemplazo, los pescadores canarios pudieron pescar en paz en el Banco Pesquero Sahariano, y las Islas Canarias vivieron una larga época de esplendor y el nombre de España fue respetado.

El general Rafael Casas de la Vega había nacido en Aranjuez (Madrid), el 30 de abril de 1926, y con 10 años quedó huérfano. Su padre, sargento del Ejército en 1936, fue apresado por las turbas marxistas y asesinado en las afueras de Aranjuez; jamás el general Casas de la Vega mostró resentimiento ni odio, su condición de cristiano lo dejó todo a merced de Dios y de la Historia. En 1944, con 18 años, ingresa en la Academia General de Zaragoza como cadete y cuatro años después, el 15 de diciembre de 1948, lucía en su uniforme las dos estrellas de teniente de Caballería.

Su primer destino fue el Regimiento de Caballería Montesa nº 3. Posteriormente estuvo en la Unidad de Instrucción de la Escuela de Aplicación de Caballería y finalmente en la Escuela de Automovilismo. En 1957 asciende a capitán y es destinado a la Cría Caballar en Jerez de la Frontera (Cádiz) y de aquí aprobaba el ingreso en la Escuela de Estado Mayor, donde obtiene el Diplomado de la célebre faja azul, distintivo del Estado Mayor, y con el empleo de capitán es destinado al Estado Mayor de la División de Caballería, en cuyo destino permanecería cuatro años y en dicho periodo de tiempo, en 1965, obtuvo en la Escuela de Idiomas del Ejército el Posee del idioma inglés. En su faceta de historiador escribió nada menos que seis libros, verdaderas joyas literarias con todo lujo de datos y detalles, el primero y el resto sobre la guerra de 1936, Brunete, Las Milicias Nacionales en la guerra de España, El Alcázar, Milicias Nacionales, Dejadles descansar en silencio y el último La última guerra de África, sobre la campaña de Ifni/Sahara 1957/1958, obteniendo seis premios nacionales de Literatura, y este último declarado de utilidad para el Ejército. También colaboró en prensa en los diarios Empuje, El Español, Arriba, Balance, Hermandad y Ejército.

Con el empleo de comandante, en 1969 fue profesor de la Academia de Caballería y también en la Escuela de Estado Mayor como profesor de Historia del Arte, y tras su ascenso a teniente coronel fue destinado para el mando del grupo de Caballería del III Tercio de la Legión en Fuerteventura.

Al ascenderle a coronel en 1981 fue destinado al mando del Estado Mayor de la División Acorazada Brunete, hasta que en 1983 asciende a general de Brigada y es destinado como director de la Academia de Caballería en Valladolid, y en este destino es cuando vio la luz los últimos folios del libro La última guerra de África, obra tan completa y exhaustiva de todo lo que allí sucedió que el Ministerio de Defensa la declaró de utilidad para el Ejército.

El general Casas de la Vega en esta obra sobre la campaña de Ifni-Sahara, trata con toda realidad el problema logístico del desierto, y dicho problema a resolver era cómo mantener a todas esas fuerzas que habían de vivir en el territorio, con escasez de casi todo, y bien claro lo explicaba un saharaui lo que es la guerra en el desierto: “…La guerra en el desierto es la gloria de la táctica y el infierno de la logística, y para ello hay que contar que todo está muy lejos y la retaguardia inalcanzable…”. Incide en general Casas de la Vega sobre aquella guerra, la enorme problemática de la Intendencia, el agua, ese preciado líquido, había que transportarlo en buques-aljibe desde Las Palmas; el pan con leña que apenas existía, la ración era 1 kg por persona y día.

El problema de la logística se solucionó gracias al entonces comandante de Intendencia Luciano Pérez García, que con 300 soldados y personal civil, se hizo cargo del abastecimiento a los casi 13.000 soldados del Ejército español que combatían en el África Occidental española. Si en el Sahara se pudo solucionar este grave problema de la logística, en Ifni hubo que trasladar en los aviones Junkers la leña para hacer el pan para las tropas, algo que en ello puso todo su empeño aquel gran soldado, el general gobernador, Mariano Gómez-Zamalloa, que no permitió que sus soldados pasasen penurias. Para ello, pidió al general de la zona aérea de Canarias que los aviones surtieran de leña la Intendencia de Ifni, cosa que se cumplió y a los soldados no les faltó nunca el pan.

El general Rafael Casas de la Vega explica con rotunda claridad que el desierto no admite contemplaciones, porque uno de los peores enemigos es la sed y de hecho, en la Operación Teide, los soldados llevaban una cantimplora con agua por día y hubo casos que se bebían el agua de los radiadores de los jeeps y los camiones. Estas penurias las plasmaba por escrito el entonces capitán de Estado Mayor, José Phetengui Estrada, el cual desde Villa Cisneros comunicaba a sus superiores que solo tenía 50 bidones de agua y para las tropas le hacían falta 300 bidones.

Todo esto viene reflejado en las 624 páginas de la obra del general Casas de la Vega. Este ilustre soldado tuvo el honor de representar a España como observador en 1983 a los ejercicios tácticos de la OTAN en Bélgica y en septiembre del mismo año, por sus conocimientos del idioma ruso, asistió en Odessa a los ejercicios tácticos del Pacto de Varsovia.

El mejor elogio lo hizo el editor de su obra, cuando así dice: “… El general Casas de la Vega en su obra da a conocer con claridad la génesis, evolución y desenlace de los acontecimientos que permitieron a España ejercer su influencia en África Occidental española y después una acumulación de errores políticos, difícilmente explicables, sin haber conocido la derrota militar, su autor eminente historiador y prestigioso militar y testigo de excepción de varios hechos relatados…”.

El 18 de octubre de 2010 entregaba su alma a Dios este gran soldado, pero tal como lo escribió este intelectual, este general vive: “…La recompensa de los grandes hombres es que, mucho tiempo después de su muerte, no se tiene la entera seguridad que hayan muerto…”. (Jules Renard, literato francés).