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Por Andrés Aberasturi >

La hambruna declarada

   

El Cuerno de África sufre la peor sequía en los últimos 60 años, una situación que amenaza a más de doce millones de personas en Somalia, donde la hambruna fue declarada la semana pasada por Naciones Unidas”. Hasta aquí la noticia mientras el nuevo presidente de Extremadura reducía la flota de coches oficiales de 1.623 a tan solo 200, mientras la cuentas del CAM reavivaban la polémica sobre la verdad de nuestro sistema financiero o mientras se de barajaban cifras de lo que iban a costar los últimos fichajes de algunos clubes de fútbol.

Pero al margen de estas intencionadas y demagógicas noticias que he unido con la peor/mejor de las intenciones, está el hecho de que la hambruna sea ya una realidad que se declare solemnemente por Naciones Unidas.

Es ridículo y esperpéntico y soy consciente de que las cosas sean así y hasta en nuestro país es un consejo de ministros quien declara zona catastrófica a una región asolada por una desgracia. Pero te imaginas a los representantes de Naciones Unidas, condecorados y con grandes bandas declarando solemnemente la hambruna en el Cuerno de África y es como uno de aquellos chistes terribles de Chumi, aquel genio.

Doce millones de personas muriéndose de hambre, de guerra y de olvido. Doce millones de seres humanos -y son muchos más porque estas son solo cifras oficiales- que ni siquiera existen para las agencias de rating a no ser como posible mercado de armas o petróleo. En un comunicado, el Banco Mundial ha anunciado que entregará 500 millones de dólares como ayuda inmediata pero que hace falta más dinero y, sobre todo, ayudar a estos países a desarrollar su propia agricultura.

Lo del Cuerno de África es una vergüenza global. La crisis endémica alimentaria, afecta en esa zona a más de 35 millones de personas y el problema no sólo no se resuelve nunca sino que va empeorando cada año. Las guerras civiles y tribales van diezmando una población aterrorizada y hambrienta que se desplaza a ninguna parte y en la que los niños se mueren por docenas cada día.

Son niños como los nuestros, niños inocentes, niños como su nieto o el mío pero que apenas van a vivir unas horas. Y ya se sabe que va a ser así. Es previsible y hasta cuantificable. Y no pasa nada.

Yo no sé cómo explicar lo que siento. No sé qué puedo hacer.