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DOMINGO CRISTIANO > POR CARMELO J. PÉREZ HERNÁNDEZ

Libre, aunque me taches de tu lista

   

Complejo tema el de la “gloriosa libertad de los hijos de Dios”, a la que se nos convoca hoy desde las Lecturas que se proclaman en nuestros templos. Complejo y apasionante. De entrada, la palabra libertad ha servido de salvoconducto lo mismo para perpetrar los mayores desmanes que para parir los más intensos aciertos de la humanidad.
Como aperitivo, nunca peor dicho, baste recordar que en aras de la libertad hay quienes defienden la muerte de niños antes de su nacimiento, como si de tumores inteligentes surgidos por casualidad se tratara (¡Uh, yo no he sido!). Y también es cierto que se invoca tu nombre, libertad, para sellar miles de pactos en los que sólo una parte puede elegir, mientras que la otra está libremente obligada a tragar con lo que sea.

Pese a tantas perversiones de algo tan hermoso, a los creyentes se nos pide ser gloriosamente libres. Qué lejana queda esta común vocación de la imagen tradicional que a menudo se nos muestra de un seguidor de Cristo. ¿Para ridiculizarlos? No siempre, que a veces nos lo hemos currado.

Qué distante de ser un hijo libre está aquel que permanentemente se siente juzgado por su Padre; o el que vive con miedo y no con un apasionado cariño su relación con quien le dio la vida y lo sostiene en ella. Qué lejos queda la libertad a quien le han enseñado que no tiene derecho a equivocarse en el camino porque sólo hay una oportunidad y el precipicio acecha a cada paso.

Qué poco gloriosamente vive su libertad aquel a quien han enseñado a tener miedo de su propio cuerpo; al que no le permiten darse tiempo para aprender a amar con serenidad, para descubrirse y terminar queriéndose y queriendo a los demás. Qué esclava es la mente del que se ve empujado a esconder sus temores, sus dudas, su derecho a disentir, a preguntar, a pensar diferente, a destacar… para no dejar de salir en la foto de los oficialmente buenos y recomendables.

No. No va de eso la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Lo nuestro es mirar adelante, mirar a los ojos de nuestro reflejo en el espejo, de los demás y de Dios sin miedo. Lo nuestro es vivir desde el calor interno que irradia nuestra relación con Dios, sin importarnos las múltiples listas de las que nos tacharán por ello. Lo nuestro es amar intensamente la verdad y correr tras ella, sabedores de que sus múltiples caras conforman un puzle que precisa de la presencia de todos.
Somos hijos e hijas de un Dios libre que nos ha hecho como Él es. Es lo único que nos hace grandes, el único antídoto contra otras grandezas de bronce con pies de barro que tanto abundan en plazas y rotondas.

Somos libres. Soy libre. Gloriosamente libre. Me pertenece el mundo, el futuro es mío, es nuestro. Nos lo han regalado. Dios así lo quiere. Por eso nos pide que la semilla que siembra en nosotros sea acogida con serenidad, acunada para que crezca. Porque para nosotros la libertad es un don y una tarea, y no la confundimos con ser irresponsables.