X
POR JORGE BETHENCOURT >

Los grajos vuelan bajo

   

La filosofía, cuando hay hambre, es un adorno inútil. Pero a nosotros nos ha dado por la disgresión, que es mucho más consoladora que la acción. El debate del estado de la nación -o lo que sea esto- fue como si un equipo de médicos de urgencia, reunidos en torno al cuerpo malherido de un paciente, reflexionara en torno a la gravedad de las heridas en vez de aplicarle de forma inmediata maniobras de recuperación.

Mientras el barco griego se sigue deshaciendo en los arrecifes de una tragedia anunciada, aquí se nos pasan los días por la casa sin barrer como si no pasara nada. La gran oposición sólo piensa en la dimisión de este Gobierno, como si con la salida de Zapatero, el presidente que más libertades y más derechos individuales ha devastado en la historia de la democracia, se arreglaran todos nuestros males. En el fondo casi todo el mundo sabe lo que hay que hacer, pero nadie tiene el valor para hacerlo o, en su caso, anunciarlo.

La economía del país sigue congelada y los precios, sin embargo, a causa del costo de la energía, siguen aumentando. Pese a la reciente subida del IVA, la recaudación indirecta (la que grava al consumo) ha caído por debajo del suelo del año 2005. Y también se han desplomado los ingresos por las rentas del trabajo (IRPF) y sobre todo, de una forma espectacular, los del impuesto de sociedades. Nuestra productividad como país sigue en una caída vertiginosa en comparación con otras economías desarrolladas. La deuda exterior de España ha vuelto a rozar el billón de euros (el 93,5% de nuestro PIB). Y las cifras de la EPA nos acercan a los cinco millones de parados.

O sea, como para subirse al atril en el Congreso con los calzoncillos anudados como una corbata. Pero de eso nada. La crisis es importante, al fin existe, es muy dura, hablemos de ella hasta que se nos quede la lengua sin saliva. Como medidas singulares vamos a impedir que ese nauseabundo negocio bancario (al que le dimos hace bien poco unos cientos de miles de millones de euros de nuestros bolsillos) se quede con las casas de la gente que no puede pagar sus hipotecas. Aunque ni siquiera se va a permitir la dación en pago, sino una elíptica fórmula que tendrá tantos efectos sobre la realidad como una pulga picando el lomo de un elefante. Vamos a reunir a las comunidades autónomas para imponerles un techo de gasto (otro) aunque se hayan pasado por el arco del triunfo todos los acuerdos de estabilidad presupuestaria que adoptamos en el pasado. Y vamos a seguir remoloneando sin reforma laboral, sin hablar de salarios y productividad, sin tocar el tema de las plantillas de las administraciones públicas, sin abordar el delicado y espinoso asunto de que los servicios de sanidad y educación van a empeorar sin remedio… Ese mochuelo que se pose en el próximo olivo.

La inveterada costumbre de los gobiernos que se enfrentan a situaciones como esta consiste en cobrar más a los forzados socios del negocio: los ciudadanos. La Comisión Europea está pensando en imponer una tasa a las transacciones financieras entre países de los 27 y en establecer un IVA comunitario. ¿Para salir de la crisis? No. Para el engorde y mantenimiento de los órganos de gobierno y la asamblea parlamentaria de ese gigantesco fracaso llamado Unión Europea. Porque a pesar de la que está cayendo, lo que ocupa a Agamenón no es lo que preocupa a su porquero.

Para que no se engañen, aquí también nos van a subir los impuestos a través de diferentes caminos que llevan siempre al pesebre. Nos contarán que para mantener los servicios sociales, la ayuda a los desfavorecidos, la sanidad y la educación, debemos hacer un esfuerzo añadido al que ya hacemos. Pero eso es sólo media verdad. Porque el esfuerzo debemos hacerlo todos y la Administración no lo ha hecho. Rebajar el sueldo de los funcionarios fue una medida dolorosa a la que hay que contraponer que en ese interín, en el que más de dos millones de personas perdían su puesto de trabajo en el mercado privado, se crearon más de trescientos mil nuevos empleos públicos (estoy seguro, segurísimo, de que cualquier trabajador aceptaría una rebaja de salario antes que perder su puesto de trabajo). Pero nadie ha puesto sobre la mesa la urgencia de podar de una forma terminante el frondoso ramaje de unas administraciones que han extendido sus tentáculos por todos los ámbitos de la actividad privada. Nadie ha dicho que si una empresa privada presta servicios públicos a menor costo que la propia administración, no es de recibo que paguemos más por lo mismo. Nadie ha dicho que es un escándalo que si cualquier administración tiene una deuda con un proveedor no hay manera humana ni divina de cobrarla mientras que si es al contrario no tienes otra opción que pagar o ser embargado. Nadie ha asumido que aquí se ha construido un sistema donde los poderes públicos tienen la sartén cogida por el mango y que quienes se fríen a fuego lento son los que pagan.

Oír hablar a sus señorías produce hastío cuando ya han hablado tanto de lo mismo y han hecho tan poco. Las medidas keynesianas de Zapatero, yendo a contrapelo de la crisis, sólo han causado -si exceptuamos 2010- mayor déficit público y la pérdida de reservas.

Pero si el presidente actuó metiendo la pata en la boñiga -porque en dos tardes se ve que no se aprende demasiada economía- el mensaje de una oposición que no se moja, que no clama por medidas concretas y ejemplares y que sólo está a la espera de que el pato cojo pierda la última pluma, es descorazonador.

Este verano podremos ir a 120 kilómetros por hora por nuestras autopistas. Nos quedaremos con las ganas de saber por qué se redujo la velocidad y por qué se aumentó de nuevo, salvo que uno sea tan mentalmente insuficiente como para creerse que el Gobierno actuó en función de los precios del petróleo (¡coño, ¿si baja a 60 dólares el barril podremos ir a 220?) o ignora el hecho (si es amante de la seguridad) de que un tercio de los accidentes mortales de tráfico se producen en vías donde el límite de velocidad está a 90 km por hora. Iremos a 120 como podríamos ir a cualquier otra velocidad que les saliera de la cajonera a esta élite pública que maneja nuestros destinos investidos de la certeza de que no hace falta darnos más explicaciones que las estrictamente necesarias.

Que sólo hay que salir ahí arriba, al atril, y hablar para las cámaras y los resúmenes de prensa. Hablar para conquistar un titular y una docena de votos. Hablar para ser más chistoso, brillante y ocurrente que el otro. Hablar para ocupar el tiempo y, con el paso del tiempo, el espacio del poder. Hablar… mientras este país de mudos pasta plácidamente frente a los telediarios y los indignados se mustian en el estío.

www.jorgebethencourt.es
Twitter@JLBethencourt