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Domingo-Luis Hernández >

Mariano Vega

   

No hubiera tenido nada de particular el hecho de que circulara por la calle por la que centenares de veces había circulado, ni que me parara en el terraplén que se encuentra justo enfrente de su casa y en el que docenas de veces jugamos Carlos Díaz Bertrana y yo al fútbol, alguna vez en compañía de su hijo. Nos acercábamos allí porque la vivienda siempre estaba dispuesta, el porche sobre el jardín abierto, Olga preparaba café, rió por las gracias de Carlos y él desplegaba sin remisión su proverbial sonrisa. Las más de las veces lo encontrábamos amarrado a un libro del que me comentaba algún pormenor. El día en cuestión en el que lo vi por última vez, me sorprendió que el límite del terraplén estuviera abarrotado de coches, que en el frente de su casa hubiera coches también. Hube de dejar a mi hijo al cuidado del mi vehículo porque era imposible detenerme allí del modo en que me había detenido decenas de veces. Entré, crucé el jardín hacia la derecha, subí las escaleras del porche, saludé a algunos de los conocidos que se encontraban ante la puerta del salón y entré. En el límite de esa sala lo encontré, casi pegado a la entrada que estaba abierta. Mariano Vega yacía muerto, amortajado, con la cara y la cabeza visibles, con un clavel y una rosa dentro del ataúd que se exponía en ese lugar sin tapa.

Me abracé de su hijo y seguí el camino hacia la cocina donde, me dijeron, se encontraba Olga, su mujer.

Todo era sucinto, simple, como a él le gustaba, todo medido como él apreció. Todo era lógico y consecuente porque es lógico y consecuente que hayas vivido. Que amaras la vida como nada en este mundo implica que también seas sujeto del morir. Olga me lo confirmó: “Lo traje a casa porque quería tenerlo por última vez conmigo aquí”. Y el recinto expandía una espléndida paz, una armonía prodigiosa en la que no sobraba la luz que daba al rostro de Mariano; ningún objeto fuera de lo habitual, de lo transitable, de lo compartido.

Mariano no vio, no oyó, no sintió… en esa hora, pero era él, como le gustaba que las cosas fueran incluso en lo inevitable.

Abracé a Olga y la vi serena. Se lo comenté y me dijo que “sí”. Indudablemente, no era porque lo hubiera perdido, era porque él los aleccionó (y a esa lección se agarró con denuedo en los últimos meses de su vida en los que lo persiguió y él burló hasta donde pudo, con entereza, con decisión, con serenidad el cáncer), él los aleccionó de que el punto final no es el punto definitivo de quienes han cooperado en la existencia. El asunto no radica sólo en el recuerdo, en que la muerte no es definitiva hasta que el ser que quieres se borre de la memoria, la cuestión es que el valor supremo del hombre que murió es que había vivido y que se había comprometido.

También se lo pregunté a Olga y me dijo que hubo un momento en el que se sintió mal, pero que los médicos así lo entendieron y pararon las molestias del morir. Me dijo que dejó este mundo del modo en que Mariano solía hacer las cosas: tranquilamente. Porque eso era lo que Mariano Vega transmitía, y eso fue lo que Olga me dijo que le transmitió. Y por eso su alma resultaba henchida incluso en el dolor, porque el hombre al que quiso no se contradijo ni siquiera en el momento peor que vivimos los seres humanos.

De regreso al coche en el que me esperaba mi hijo, con cierta tristeza porque le había comentado que un amigo había muerto, recapitulé. Y recordé a Mariano Vega tendido sobre el mundo oriental, pero sin la militancia común de los seres caprichosos, esos que te invitan a la ceremonia del té sin que venga a cuento o que repudian a Mishima o Tanizaki. Recuerdo largas conversaciones sobre literatura y su interés por comprender lo que yo sabía de Arlt o de Borges, su capacidad para contraponer lo que yo le decía (a veces desde las más ramplonas constataciones académicas) con ejemplos que citó de Lao Tze o del Tao te Ching. Y recuerdo también el día en el que quiso coincidir conmigo porque se había dado a la tarea de novelar y quiso preguntarme cómo solucionar algunos problemas de esa escritura; qué hacer con las caracterizaciones, con la identidades, o con el modo de ordenar la materia en el espacio de las letras que es tiempo en el escrito.

Pero la historia más espectacular de Mariano Vega que recuerdo se relaciona con una intervención espectacular suya en el número 4/5, del año 1980, de la revista Liminar. Allí publicó dos textos que resultan una de las hermosuras más sublimes de cuantas conozco, por la contención, por la brillantez, por lo diáfano a la par de sublime. Siempre que nos encontrábamos a lo largo de los años yo le hablaba de lo mismo: de rescatar aquellos poemas sobre la casa y dar forma a un proyecto igual de elaborado pero extenso al punto de ser un libro.

Me hizo esperar. El mundo no es como quien te propone que el mundo sea, por mucho que te halaguen los oídos; el mundo es como es y como tú decides que sea. Los poemas sobre la casa fueron, cabe releerlos hasta el fin de los tiempos, en su plenitud, en su suficiencia. Y ahora a otra cosa, a otras múltiples cosas, hasta que el tiempo acabe. Sin prisa, porque la prisa desorienta la plenitud.

Mariano Vega-Luque, un amigo extraordinario, un escritor para descubrir y un hombre ejemplar.