X
Por Aurelio González >

Mariano

   

Cuando uno llega a cierta edad (no provecta necesariamente) cobra fuerza la sensación de que la vida vivida no nos pertenece solo a nosotros sino también a aquellas personas con las que a lo largo de los años hemos compartido vivencias y experiencias y que de alguna manera han influido en nuestra manera de entender la propia existencia. Somos los autores de las novelas de nuestras vidas y esas personas con las que hemos convivido gozosamente los personajes sin los cuales aquellas vidas no hubieran sido las mismas. Vivir significa escribir todos los días, queriéndolo o no, la novela de nuestra vida.

Esa sensación de cierta orfandad y de que un poco dejamos de ser lo que hemos sido la experimenté el pasado domingo cuando nos dejó para siempre el compañero y amigo Mariano Vega. Lo conocí, en los primeros años setenta, cuando estudiábamos Filología en la Universidad de La Laguna, cuando aprendíamos los hermosos secretos de la palabra creadora, una pasión que Mariano cultivó hasta el mismísimo momento de su partida. Para él, la voz y la palabra, su ubicación en el espacio y el tiempo, lo fueron todo. Creyó siempre que un texto, oral o escrito, constituye la verdadera patria del hombre.

En el Ateneo supimos de esfuerzos e ilusiones para dar rienda suelta a la expresión de la imaginación creadora y del pensamiento. Siempre que nos encontrábamos hablábamos de lo que estábamos leyendo o escribiendo, de política, de periodismo, de circunstancias diversas de la vida. Eran conversaciones que nos motivaban y nos ayudaban a vivir mejor. Mariano fue un hombre bueno no sólo en el sentido machadiano de la palabra sino en todos los sentidos que imaginarse puedan. Nunca lo oí hablar mal de nadie ni a alguien hacer un comentario negativo de su persona. Tras conocerlo, uno entiende por qué el viejo Aristóteles dejó escrito en Ética a Nicómaco que la verdadera amistad es la de los buenos. Hombres como Mariano no deberían desaparecer pues nos hacen hoy más falta que nunca.

Profesaba y ejercía un profundo concepto filosófico de la vida. Necesitaba meditar casi a diario para intentar comprender el torturante misterio de la existencia del hombre y su papel en medio del Universo. Fue ésta una de sus obsesiones y por eso uno de sus principales libros se titulan precisamente así, El lugar del hombre. Compartía con José Saramago la convicción de que Dios es el silencio del Universo y el hombre el grito que da sentido a ese silencio. La voz, el grito impotente del hombre ante el misterio y lo desconocido, es lo que explica la existencia de Dios y su silencio.

Se trata de un Dios existencial, como el de Blas de Otero cuando en su soneto Hombre grita: “Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte/despierto.Y, noche a noche, no sé cuándo/oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando/solo. Arañando sombras para verte”. Tampoco Mariano, como Otero, ocultaba su angustia metafísica por desconocer una explicación racional a nuestra existencia. Se hacía preguntas permanentemente sobre las cosas de la vida y creía y dudaba al mismo tiempo. Es más: cuando sentía dudas creía y cuando creía dudaba. Para él la vida es una duda entre una exclamación y una interrogación, lo que por otra parte constituye la verdadera sabiduría de un escritor que se hace todos los días.

Mariano era un escritor que necesitaba de la escritura para ser feliz. Escribía para formular hipótesis sobre la existencia y de esta manera poder vivir más o menos en paz. Por eso mental y espiritualmente se alimentaba de la filosofía del budismo zen. Por eso pensaba, con Saint-Exúpery, que el sentido de las cosas yace, no en las cosas mismas, sino en nuestra actitud hacia ellas. Por eso entendía que ser escritor significa detenernos en las heridas ocultas que llevamos en nuestro interior para intentar convertirlas en sustancia de contenido de la escritura. Todos los que lo conocimos y quisimos deseamos que haya aprendido a vivir de esta manera para poder morir mejor.

Desde luego, la vida ya no será la misma después del duelo y la despedida que le tributamos el otro día. Ha desaparecido para siempre uno de los personajes principales de nuestras vidas, de las vidas de los numerosos amigos que lo tratamos y quisimos. Habrá que acostumbrarse, porque no queda otro remedio, a seguir viviendo sin la presencia de Mariano. Sólo nos queda el consuelo de que permanecerá entre nosotros su ejemplo, su espíritu y su memoria.