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Por Alfonso González Jerez >

Mentiras

   

La realidad vivida es materialmente invadida por la contemplación del espectáculo hasta el punto de que no hay más realidad que la que surge en el espectáculo, y como la realidad surge en el espectáculo, el espectáculo se torna real hasta el punto que todo lo real se torna entonces en un momento de lo falso”. Francisco Camps anuncia que dimite por el bien de España y de Mariano Rajoy. Esta penúltima y grandilocuente cuchufleta es la pincelada final de su autorretrato: un hombre obsesionado por el poder, por sus grotescos delirios de grandeza, por el dolor torturante de dejar de ocupar el trono instalado en su fantasía. Camps se marcha porque no tiene otro remedio: o reconocía en una declaración ante el juez que había cometido un delito o estaba abocado a ser procesado, juzgado y muy probablemente condenado. Carecía de cualquier alternativa y así se lo explicó Federico Trillo, enviado plenipotenciario de Mariano Rajoy.

Lo grave del asunto de Camps no son los trajes (por muy interesante que resulte observar la psicología de un pobre hombre fascinado por los trajes a medida gratis) sino sus reiteradas mentiras en la misma sede parlamentaria. Ayer, en el momento de su supremo sacrificio, volvió a mentir de nuevo. Incluso se permitió afirmar, en el colmo de la más delirante insensatez, que los cuatro cargos públicos del PP imputados por el juicio que le espera “son inocentes”, cuando varias horas antes dos de ellos habían reconocido su culpabilidad. Lo hicieron, por cierto, porque Camps y sus más allegados les habían insistido en que el presidente actuaría de igual manera. No lo hizo. Esos dos panolis ya están perdidos. Mentiras. Y sobre la mentira de un gesto de nobleza y desprendimiento -el mismo desprendimiento y grandeza del que sale de una habitación al ver a entrar a un león- se edifica una grotesca, imbécil, pringosa exaltación del caído a cargo de Rajoy, González Pons y compañía. Dimitir como presidente de la Comunidad Valenciana porque estás a punto de ser juzgado por un delito de cohecho se transforma en un prodigioso ejemplo de nobleza, generosidad, prístina honradez. Están convencidos de que esto les saldrá política y electoralmente gratis, y tienen razón, y tienen razón porque esto ya no es política: la política está muerta, asfixiada por sus trajes a medidas. Esto es puro espectáculo. Nadie ignora que en Sálvame todos, invitados y seudoperiodistas, ejercen un papel, mienten, distorsionan la realidad, se enmascaran unos a otros. Y la gente se lo sigue tragando. Fascinadas por la sórdida mascarada. Por la estupidez del contexto. Por la ambigüa sinceridad de la mentira proliferante. Y la gente los sigue votando.