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Por Alfonso González Jerez >

Moralejas

   

Comprenderán ustedes que tiene que haber una respuesta. La gente encuentra respuestas portátiles e inmediatas incluso cuando rodea a un moribundo que agoniza dolorosamente y al que aman. Es la voluntad de Dios. Es el fatal resultado del tabaquismo. Es ley de vida. De manera que, cuando un individuo pone bombas y dispara sobre una multitud perpleja y siembra de decenas de cadáveres calles e islas vacacionales las respuestas se multiplican antes incluso de poder formular preguntas atinadas. Y son instantáneas. El sortilegio de la sociedad red y de las tecnologías de la información nos llevan a creer a todos que debemos ser informados de inmediato de todos los detalles. No solo de los hechos. Los hechos, desnudos, son intolerables. Queremos una explicación y, por supuesto, una explicación que lleve adherida, como cualquier etiqueta al producto, una condena moral, un pequeño breviario de podredumbre, un relato y, por supuesto, una moraleja. Esto pasa porque no se vigila el venenoso florecimiento de una terrible ultraderecha. Esto pasa porque no existen más controles de armas. Esto pasa porque los pobres ricos noruegos vivían envueltos en un halo de inocencia histórica. Esto pasa, ¿no has leído a Karin Fossum, a Jo Nesco, a Mankell, que es sueco, pero cae al lado?, porque bajo un Estado de Bienestar crepuscular palpitan las cloacas del delito organizado, el narcotráfico indomable, la violencia doméstica, una guerra civil dotada de una espléndida seguridad social. Esto pasa (¿no has visto las fotos?) porque era masón y ya se sabe. ¿Qué es lo que se sabe? Lo imaginado febrilmente por todos. Y así hasta el infinito durante dos, tres, cuatro días. Hasta que nos cansemos y estalle otro espectáculo sangriento en una esquina del globo. Quizás nos toque la próxima vez. Quizás no. Se trata de un gigantesco reality show en el que al mismo tiempo somos espectadores y protagonistas. Ricos y pobres, islamófobos e islamófilos, moros y cristianos, genios y tarados estamos invitados al festín.

Se nos olvidan las viejas verdades evidentes. El placer de matar. La borrachera del poder aniquilar vidas como quien pisotea gusanos gordos, relucientes. La patología incitante del criminal que anhela pasar a la historia y lo consigue abrevando en sangre inocente. La lógica del capricho homicida y su banal oportunismo, que solo a veces se cruza con una lógica política, ideológica, visionaria, mesiánica. Y nuestra aterrada reacción. La suposición trivial e inverosímil. Esto se impide con educación, con policía, con más laicismo o más religión, con un master en religiones comparadas o con la militarización de la vida cotidiana.