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> POR JOB LEDESMA

No, no, no

   

La desgana de Amy Winehouse sobre el escenario era extraña. Incluso cuando estaba centrada y con las curvas marcadas justas en su menudo cuerpo, acometía los directos con un pasotismo que quizá ocultaba su miedo escénico y una timidez inaguantable.

En las entrevistas se soltaba, luciendo aplicación por toda la historia de la música, capaz de criticar de manera razonada la corrección impecable de Ella Fitzgerald porque no ponía nada personal en sus interpretaciones. En 2006 cantó hasta el agotamiento eso de que no quería que la metieran en rehabilitación, no, no, no. En 2011, se convierte en mito, aupada primero por el tremendo éxito de aquel Back to black. No extralimitemos el mérito.

La música de Amy Winehouse invitaba a buscar los originales de donde se sacaban los cachitos para los temas actuales, un coro de Marvin Gaye, un bajo de Smokey Robinson, una batería de Otis Redding… El mismo patrón que luego siguieron y siguen Duffy o Eli Paperboy Reed, que anoche paseó por Canarias como un extraño anticipo de la tragedia con verso soul de hoy. Como tantos músicos fallecidos a los 27 años (Morrison, Hendrix, Cobain) queda la duda de saber si ya lo había dicho todo en la música o de si le quedaba camino por recorrer. Mientras los moderados critican su tragedia con las drogas, muchos somos los que nos entristecemos ante otra muestra de que el amor desmedido por la música pierde la pelea contra los peligros de la infelicidad, el vacío y la tristeza. Las canciones de Amy seguirán arreglando mañanas de lunes, animando tardes de viernes, y justificando penas de abandonos.