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Domingo Cristiando > Por Carmelo J. Pérez Hernández

Pídeme lo que quieras

   

En serio? ¿De verdad puedo pedir lo que quiera? No sé si fue la reacción de Salomón ante la invitación del Señor, pero estoy casi seguro de que habría sido la mía y la de la mayoría. Estupor, incredulidad y… ¡a por todas!
Y entonces yo, que en algún sentido he perdido la salud gravemente, pediría largos días para mi vida. Y yo, que en ocasiones voy justito en esta ciudad inmensa donde todo es desorbitadamente caro, habría pedido al menos un poco de desahogo económico. Y quizá yo, que soy consciente de haber sido no bien tratado alguna vez, habría pedido un poquito de la misma medicina, sólo un poco, lo juro, para los prepotentes de este mundo.
Es más que probable que algo de eso hubiera pasado si a mí, como le sucede a Salomón hoy en la lectura que se proclama en nuestros templos, Dios le hubiera invitado a pedir “lo que quieras”. Tengo para mí que no pocos habrían hecho lo mismo.
Salomón no. No hizo eso. El bíblico rey pidió “un corazón dócil para gobernar al pueblo, para discernir el mal del bien”. Eso es literatura. Lo que en realidad significan esas palabras, la verdadera respuesta de Salomón a Dios fue: “Lo que yo quiero es tenerte a tí. Te quiero a tí”.
Y digo más. Lo que el rey estaba diciendo en realidad, fijando mi vista en el Evangelio de hoy, fue: “Tu eres mi tesoro, aquel por el que vendería todo lo que tengo con tal de comprar el campo donde te he encontrado escondido. Tu eres mi perla, por la que daría cuanto soy y me pertenece con tal de tenerte entre mis manos”.
Conforme pasa el tiempo, echa raíces en mi interior una convicción a la que muchos antes que yo ya habían llegado: en estos tiempos recios para la fe, los creyentes o somos unos apasionados de nuestra relación con Dios o no somos nada.
Las medias tintas, aquello de no ser frío ni caliente, nunca ha funcionado. Pero ahora menos que nunca. Ahora el mundo gira demasiado deprisa como para que los mediocres se sostengan en pie.
“Yo te quiero a tí”, me gustaría saber decir cada día con mi boca y desde lo hondo de mi corazón. “A tí, mi tesoro, mi perla”, con la seguridad de que la salud, el bienestar y la serenidad no dependen de otra cosa que de aprender a sostenerle a Dios la mirada.
“Lloro porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”, decíamos el pasado viernes con María Magdalena. Eso nos pasa, a veces sin saberlo.
Que lloramos porque al tesoro, a nuestra perla, hemos dejado que se lo lleven y ahora no sólo no sabemos dónde lo han puesto. Y lo que es peor: sin tenerlo cerca no sabemos ya dónde estamos nosotros.
Se acabó el llanto. Yo te quiero a tí, mi Señor. Este verano en el que nos adentramos es una ocasión excepcional para reconocer que cuando pedimos, casi siempre nos equivocamos. Y que pidiendo a Dios, él viene. Siempre viene.

@karmelojph