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NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Rupert Murdoch

   

En un vomitivo y patético brindis al Sol, con una edición de cinco millones de ejemplares y sin publicidad, por la prudente retirada de sus anunciantes, hace una semana News of the World finalizó su bochornosa trayectoria el tabloide británico, propiedad del australiano Rupert Murdoch (1931), investigado como su imperio mediático, por escuchas telefónicas ilegales a personalidades relevantes -como el expremier Gordon Browm, el príncipe de Gales, el heredero del Reino Unido y su esposa- y a ciudadanos modestos, familiares de muertos en las guerras de Afganistán e Irak, de las que fue un entusiasta adalid con argumentos de tanto calado moral como esta afirmación: “La consecuencia más importante de la Guerra en Irak para la economía de los Estados Unidos serán los 20 dólares por barril de petróleo. “Es más que cualquier reducción de impuestos en cualquier país”.

Como “no hay mal que cien años dure”, ni “nada fijo bajo el Sol”, al turbio personaje “lo cogieron con el carrito del helado” y en una acción, burdamente audaz, soltó lastre y hundió un contenedor de basura amarilla, el primero de una flota severamente tocada por sus ilegales y reprobables métodos.

Imaginamos que sus famosos y, antaño, influyentes consejeros externos, dos miembros del Trío de las Azores (Tony Blair, y José María Aznar) y su legión de pícaros y leguleyos tendrán trabajo extra en estas fechas en las que “pintan bastos”, para esta obscena versión del ciudadano Kane.

Ahora los objetivos de los medios independientes, de la policía y del propio poder político están sobre las otras cabeceras que, por influencia o negocio, mantiene este empresarios sin escrúpulos y mucho estómago.

Las sospechas sobre las escuchas ilegales fueron reveladas por The Guardian en 2007; cuatro años después, Scotland Yard investiga los procedimientos de los que se valieron sus asalariados para accedert a historias clínicas secretas -que afectaban a los hijos menores de Browm, una de ellas muerta- y a información íntima de no menos de cuatro mil personas del Reino Unido, para fines que Murdoch o sus testaferros tendrán que aclarar.

Cuando cae un sátrapa todos nos sentimos un poco más libres; cuando se castiga un delito o se revela una golfada de ese calibre experimentamos el secreto placer de que no todo está perdido en este mal valorado, tantas veces con razón, oficio nuestro.