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Por Leopoldo Fernández >

Sin sorpresas

   

El presidente Zapatero ha resuelto el relevo de Rubalcaba de la manera más simple y continuista posible. Para unos pocos meses más de agónica gestión, no parece razonable acudir a un reajuste en toda regla del Gabinete socialista. La solución Camacho aparece como la más idónea, y la supresión de una vicepresidencia, con los consiguientes ascensos de Salgado y Chaves, y la designación del nuevo portavoz son también la consecuencia natural del descuelgue de Rubalcaba para poder concurrir como candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales. Camacho ha sido siempre un hombre leal, con Alonso, que lo nombró para el cargo de secretario de Estado de Seguridad en 2004, y con Rubalcaba, que lo ratificó y le dio más poder para coordinar los trabajos de las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado en la lucha contra el terrorismo, donde se ha apuntado grandes éxitos.

El nuevo ministro, fiscal de carrera, es persona eficaz y discreta y, por ponerle un borrón, está pendiente de aclaración final su actuación en el caso Faisán durante la tregua etarra, ya que su teléfono fue marcado, según consta en autos, por alguno de los policías que dieron el chivatazo a los terroristas sobre la inminente detención de varios miembros del aparato de recaudación de ETA en el bar Faisán de Irún. En cuanto a la portavocía concedida al ministro de Fomento,en vez de a su colega de la Presidencia, Ramón Jáuregui -un político moderado de la vieja escuela, proclive al pacto y dotado de excelentes dotes dialécticas-,tampoco puede considerarse una sorpresa dada la “cercanía” y “sintonía” entre el político gallego y Zapatero, aunque pueda parecer extraño su nombramiento pero no su elevación a los altares de la vicepresidencia. La designación de José Blanco no es a humo de pajas porque, buen conocedor de los entresijos gubernamentales del PSOE y del pensamiento del presidente del Gobierno, seguramente utilizará el cargo para fustigar a la oposición del PP, algo que ya demostró, en sus tiempos de secretario de Organización socialista, que le va como anillo al dedo.

En todo caso, el problema del Gobierno no es tanto un cambio de personas como de políticas; en la coyuntura actual la preocupación está dando ya paso al temor e incluso al miedo, sobre todo entre el empresariado, a la vista de la evolución hacia cotas históricas de la prima de riesgo española, la difícil conclusión de las reformas pendientes, los sustos sobre la deuda italiana y el clima de desconfianza generalizada que suscitan Zapatero y su Ejecutivo. Con este mar de fondo, cada vez parece más difícil la pretensión de acabar la legislatura en marzo.