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Por Conrado M. Viña >

Sombra del gigante

   

El otro día iba yo paseando por las calles de una hermosa ciudad conocida por Santa Cruz. Y hete aquí que al llegar a una alegre plaza, presidida por un gigantesco y amenazador vigilante de hormigón y cristal que orgullosamente ocupa en grandes letras rojas el logotipo de una entidad bancaria, me encuentro con un grupo de personas reunidas intercambiando ideas acerca de cómo hacer una sociedad mejor, sobre problemas que preocuparían e indignarían a cualquier ser humano honrado e informado, y aportando ideas y críticas constructivas nada descabelladas. La agradable sorpresa ante tal hecho extraordinario: ciudadanos preocupados debatiendo acerca de lo que pasa en nuestra sociedad y en el mundo, problemas que nos atañen a todos, y no sobre la última reconstrucción facial de la famosilla de turno. Había allí personas de todas las edades y condiciones, desde niños y niñas correteando entre los asistentes hasta personas mayores, desde parados hasta abogados y profesoras. Pero mientras escuchaba a auténticos ciudadanos con mayúsculas, reunidos pacíficamente, dedicando su tiempo y su esfuerzo a pensar y actuar para encontrar un camino hacia una sociedad más justa y mejor para todos, resulta que miro al norte…, miro al sur…, miro al este… y me percato de otro hecho sorprendente: la plaza estaba casi rodeada por las fuerzas de la Policía Nacional, que llevaban el casco antidisturbios colgado de los cinturones, sus porras… El número de agentes no era muy inferior al de personas reunidas en la plaza. En aquel momento mi alegría inicial se disipó. Y mientras los fornidos agentes pedían la identificación y amenazaban con sanciones administrativas a algunos de los allí reunidos, yo, con cierto desánimo, me preguntaba: ¿es que todos los asesinos, ladrones, estupradores… están ya en la cárcel o a disposición judicial? ¿Es que todos los barrios y calles de nuestras ciudades están tan vigilados y libres de delincuencia y de drogas que la policía no tiene otra cosa que hacer? Y, sobre todo, ¿para quién o quiénes supone esto una amenaza? Ante este panorama me pareció que el mundo estaba al revés. En la antigua Grecia, cuna de la democracia, las plazas, llamadas “ágoras” eran lugares de reunión, sitios donde la gente se reunía y hablaba libremente de filosofía, de ciencia o de política. Hoy en día las plazas deberían seguir siendo lugares donde cualquier ciudadano libre pueda acudir y hablar con quien le plazca y de lo que le plazca. De hecho, el derecho de reunión es una libertad que faculta a un grupo de personas a concurrir temporalmente en un mismo lugar, pacíficamente y sin armas, para cualquier finalidad lícita y conforme a la ley. Se considera una libertad política y un derecho humano de primera generación recogido en la Constitución y regulado por una ley orgánica, que además establece que “ninguna reunión estará sometida al régimen de previa autorización” (art. 3.1). Por lo tanto, ¿a qué venía tal despliegue? No culpo a los funcionarios de policía que estaban allí cumpliendo órdenes. Es verdad que nuestros dirigentes no están muy acostumbrados a ciudadanos críticos que se preocupan por lo que se está haciendo y que denuncian aquello que no les gusta. Es verdad que hasta ahora nosotros, los electores, hemos pecado tal vez de depositar un cheque en blanco de confianza en las urnas y luego desentendernos. Tal vez por ello algunos políticos parecen no saber cómo actuar ante esta nueva ola de indignación. Desde luego, la violencia (ese día no la hubo) ante reuniones pacíficas de la ciudadanía no es la forma de respuesta más acertada ni un ejemplo de democracia, se esté o no de acuerdo con lo que esos ciudadanos dicen, que, dicho sea de paso, eran verdades como puños.