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Por Rafael Muñoz Abad * >

Tan lejos, y tan cerca

   

En buena medida el grado de cercanía que tenemos con las cosas que nos rodean está en función de la conexión interior que con ellas tengamos, o condicionado por el estadío de conciencia que nos gobierna en las distintas etapas de la vida (del río Congo, que diría Conrad), y no tanto por la distancia física que de ellas nos separa. Razón por la que cada viernes más o menos a esta misma hora, me empeño en contarles algún pensamiento acerca de África. Dice el calendario solar que en longitud compartimos un amanecer con el continente vecino y, si bien es cierto que culturalmente presentamos diferencias notables, no lo es menos que hemos fomentado el alejamiento en base a edificar barreras vertebradas bajo el hormigón de la ignorancia y los prejuicios. De igual manera que me inclino ante las familias que, bajo un acto de generosidad mayúsculo, comparten sus vacaciones en estos tiempos de premuras económicas con los niños saharauis, rescatándolos del pedregal a forma de limbo nacional que son los campamentos de Tindouf, me indigna la indiferencia, cuando no el paternalismo, con la que los medios tratan la actualidad africana. El último parto de la madre África ha supuesto la división del devastado Sudán en dos países. Acontecimiento que ha pasado casi inadvertido en los medios españoles. Un sur animista, cristiano y rico en hidrocarburos se escinde de un norte musulmán bajo el sano veredicto de los comicios. Todo un ejemplo de madurez para un continente donde las urnas son una rareza, o un dudoso ejercicio bajo la sempiterna sombra del fraude; habitual pecado africano que reincidentemente se resuelve por medio de las armas. De forma similar me disgustó la ignorancia, el populismo barato y el sensacionalismo obsceno de alguna cadena televisiva trayendo a una inocente y a la vez sabia familia himba, con objeto de ser mostrada como si fueran alienígenas paseados por nuestra supuestamente modélica civilización de extrarradios; la indiferencia, que ya alcanza cuotas de serial, con la que diariamente se trata el drama al que se enfrenta el pueblo libio; ver cómo los interesantes e importantes cambios que para España han acontecido en Rabat, son poco más que una columna escondida junto a los horóscopos; los ya olvidados genocidios de los Grandes Lagos; por no hablar del abandono institucional y la carencia de compromiso ético y moral hacia nuestras excolonias del Sahara occidental y la Guinea ecuatorial. Dejadez que nos hace (como no podía ser de otra forma) la única nación europea con un pasado africano contemporáneo, que no mira al continente y sus oportunidades en sus más amplios sentidos. Una persona me decía que no lograba imaginarse las ciudades africanas. La estampa de la antaño tranquila y sofisticada Abidjan dista mucho de ser una colección de chozas; pocos lugares reúnen una oferta turística tan elegante y segura como Namibia; y estar en el centro comercial de Jo’burg puede distar poco de un paseo por Wall Street.

También hay los que ven en el continente un rodaje eterno de Memorias de África; o alguno que, al ver a un conocido que nació en la antigua Rhodesia, se preguntaba: ¿cómo es que tenía los ojos azules y no era negro como el carbón? Aún esbozo una sonrisa cuando la gente que viaja rumbo a Sudáfrica espera toparse con una leona y su prole en la primera esquina que doblen. África, tan lejos, y tan cerca.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL. cuadernosdeafrica@gmail.com