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POR RAFAEL MUÑOZ ABAD >

Un diamante es para siempre

   

Reza el emporio De Beers que un diamante es para siempre. Y digo yo que el negocio es tan simple y a la vez tan complejo como hacer que un mondo trozo de cristal sea deseado bajo el maquiavélico arte de generar la demanda de un producto, que intrínsecamente carece de valor alguno más allá de su acreditada dureza y sus aplicaciones industriales a poco más de 25 euros el quilate. El gran éxito del sindicato diamantífero y su publicidad subliminal no son las piedras en sí; si no la fabricación del deseo de poseerlas como una demostración suprema de compromiso; generando en muchas novias el cegador destello de que sólo un enlace es eterno si este viene sellado por los quilates. Esa frívola concepción es el verdadero activo de la corporación sudafricana del amor. El caudillaje de los diamantes se inicio allá por el año 1866, cuando unos granjeros afrikaners de Northern Cape cambiaron a un ingenuo muchacho alguna baratija a cambio de un cristal que resultó ser un diamante en bruto de casi cien quilates; haciendo ya no el negocio del siglo, si no el del milenio. La fiebre diamantífera que se desató atrajo a miles de buscadores de fortuna; perturbando la tranquilidad de los hermanos De Beers, que acabarían por vender la propiedad por poco más de cinco mil libras; dando lugar, bajo el capital de aquel ogro del colonialismo llamado Cecil Rhodes, a la creación del grupo que hoy lleva el apellido de los hermanos. Desde entonces, la corporación ha sabido crear un cuello de botella que ha logrado mantener unos precios desorbitados. En buena medida, gracias a generar una demanda artificial mediante el bypass del almacenamiento de diamantes y la supervisión de su distribución con objeto de hacerlos escasos en las vitrinas. Lograr tal monopolio ha sido factible gracias a controlar la extracción mundial; poseer participaciones mineras en Brasil, Canadá o India; tejer una poderosa red de ojeadores que informen de los nuevos yacimientos; además de actuar como el regulador del mercado mediante las sights que ofrecen las nuevas colecciones a los distribuidores. De Beers es sabedora de que un auge de los minoristas independientes haría caer los precios poniendo en jaque su dictadura. De igual forma, su avaricia por acaparar la distribución mundial la ha llevado a verse salpicada por algunos asuntos muy incómodos que han embarrado su lema de “diamantes limpios”: presionar al gobierno de Botswana para que desplace al pueblo bosquimano de su hábitat natural; respaldar a la fuerza mercenaria sudafricana Executive Outcomes en su intervención en Sierra Leona, para asegurarse la extracción de diamantes [de sangre], bajo el pretexto de impedir un genocidio en la horrenda guerra civil que asoló el país en 1995, o cerrar la mayoría de las playas de Namibia al norte de Oranjemund, con el objeto de que nadie se tropiece con alguna de “sus piedras”. De Beers ha intentado lavar su imagen mediante sociedades intermediarias y poderosas campañas de publicidad que la relacionen como la principal colaboradora con el Proceso de Kimberley: causa nacida con el objetivo de evitar que la venta ilegal de diamantes vuelva a financiar grupos guerrilleros, como ocurrió en Angola, Liberia o Sierra Leona. Lo cierto es que es muy difícil saber si las piedras que se exponen en las joyerías de Nueva York, Londres, o Jo’burg, cumplen con lo que así dictan sus certificados de procedencia.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL
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