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Por Arturo Trujillo >

Un Schengen insolidario

   

Parece sorprendente e incongruente que, mientras la Unión Europea demuestra que es capaz de mantener su sentido de la responsabilidad, que los veintisiete estados miembros son capaces de ponerse de acuerdo en algo tan complicado como un plan de rescate para Grecia de 215.000 millones de euros y que, por tanto, mantienen una inquebrantable defensa del Euro y del sistema financiero a través de un Fondo Monetario Europeo, esos mismos jefes de estado y de gobierno hayan acordado también la ejecución de un golpe casi mortal al Acuerdo de Schengen. Han sido capaces de cerrar filas para atajar la gran crisis de la moneda europea y, sin embargo, no lo han sido para evitar que se vuelvan a instaurar los controles fronterizos, aunque solo sea en casos excepcionales, como medida contra la inmigración ilegal y para la lucha contra la criminalidad internacional. En mi particular opinión, creo se trata de un paso atrás en el proceso iniciado hace muchos años -el acuerdo se firmó en 1985, aunque entró en vigor diez años más tarde-, para reafirmar la libertad de circulación entre la mayoría de los estados de la Unión y de algunos terceros países. Porque se trata de un acuerdo que debilita la solidaridad entre los países adheridos, a pesar de que en la práctica, la suspensión de la libertad de circulación solo pueden decidirla los estados vecinos del socio europeo que se enfrente al supuesto de una llegada masiva de inmigrantes. Y es que, por muy excepcional y transitoria que sea la suspensión, no cabe duda que permite abrir la puerta a una renacionalización de la política migratoria de la Unión Europea. De producirse una hipotética llegada masiva de extranjeros, cada país, y en especial aquellos que disponen de fronteras exteriores, correrán el riesgo de tener que arreglárselas por sí solos. Y eso nos lleva, claramente, a un espacio de Schengen que, por la estrechez de miras, se irá desmoronando paulatinamente.

Dinamarca, temerosa de los posibles inmigrantes ilegales que pudiesen llegar de la Europa del Este, ya ha establecido nuevos controles en sus fronteras con Alemania y Suiza. Y Francia, Italia y España permanecen muy pendientes de los inmigrantes que pudiesen llegarles procedentes del Norte de África. No obstante, la mayoría de los partidos de Dinamarca están a favor de una Europa unida y nunca tendrían la idea de cuestionar de fondo la libre circulación. Por otra parte, el hecho de que cada vez haya más países europeos que se blindan, es algo más que una simple respuesta a conflictos de índole cultural o a la creciente xenofobia. Y es que a los detractores del Acuerdo de Schengen no les importan mucho las características culturales o políticas. Lo que simplemente quieren es volver a estrechar, cerrar y, supuestamente, hacer más seguro el mundo que se abre. En Finlandia, por ejemplo, los Verdaderos Finlandeses son considerados como innovadores radicales, en el sentido de que con la fuerza que han obtenido recientemente en las urnas, trastornan la actual política de consenso. Sin embargo, su política no aporta en realidad nada nuevo o radical. Por el contrario, se trata de la nostalgia del pasado y de los espacios pequeños, que creen deben proteger de Europa y de la economía globalizada. Los gobiernos están definiendo por sí solos las condiciones de reinstauración de los controles fronterizos. Y al ser esta una decisión que nos afecta a todos, habría que obligarles a que su aprobación se llevase a término mediante un acuerdo de las instituciones europeas. Porque se trata del respeto a las reglas de Unión Europea y de derechos que hemos adquirido con tanto esfuerzo.

En este sentido, la Comisión Europea propuso recientemente reforzar la integridad del Acuerdo de Schengen y proteger uno de los mayores logros de la UE: la libre circulación. Después de dos guerras mundiales devastadoras, se necesitaron numerosos años para suprimir las fronteras y crear un clima de confianza. Hoy en día, la libre circulación en el interior de Europa acorta las distancias y es un factor importante para la unidad, por lo que este derecho deberíamos protegerlo. Las reclamaciones de países como Italia y Francia de una suspensión temporal de la libre circulación, creo que están fuera de lugar. Y es que si algún día se llegara a la situación de que Italia y Francia se viesen invadidas por una verdadera ola de refugiados, entonces el resto de los europeos tendríamos que prestarles la ayuda necesaria. Pero ésta es una situación que hasta ahora no ha producidor. Y si bien es verdad que a Italia están llegando más inmigrantes que antes, también lo es que se trata solamente de un par de decenas de miles. El hecho de que Italia no pueda dominar la situación no tiene que ver con que se acerque el Apocalipsis, sino más bien con un nuevo fracaso del país, pero sobre todo de sus políticos. Sin ningún tipo de duda, la solución no estriba en recelar de la libre circulación dentro de la Unión Europea y abandonar con ello una de las ventajas fundamentales de la integración. Esto no significa que la Unión no deba ayudar a países concretos como Italia o Malta. La Unión lo que sí debe hacer, sin embargo, es tomar medidas conjuntas en favor de aquellos países de los que provienen los inmigrantes a fin de que se queden en sus hogares.

En definitiva, creo que en la Unión Europa deberíamos volver cuanto antes a una única frontera exterior que nos permita, además, continuar disfrutando de la cooperación entre los países en asuntos tan importantes como los relacionados con las policías, autoridad judicial y lucha contra la delincuencia organizada y que, hasta ahora, han venido funcionando con contrastada efectividad gracias a esa estrecha cooperación entre los países.