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Por Tomás Gandía >

Una voz

   

Hay personas a quienes la comunidad vitupera y maltrata, y sin embargo, son capaces de seguir tranquilos y serenos su camino sin romperse ni doblarse, porque no han perdido el sentido del honor, y se respetan y ayudan a sí mismos. Reciben la aprobación de la conciencia, procedente de su interioridad. Muchos saldrán diciendo que la conciencia de multitud de gentes es de goma elástica, y que tienen sobrada habilidad para ponerla en perfecto ajuste con sus personales conveniencias.

La conciencia humana está sujeta a la suprema ley de la evolución, y tiene tantos grados como abarca la flexible escala cuyos extremos son el infinito bien y el finito mal. De esta diversidad provienen las profundas discrepancias que se notan en los conceptos de virtud y vicio, según las épocas y el estado de cultura de los pueblos. Antiguamente, filósofos tan insignes como Platón y Aristóteles consideraban legítima y necesaria la esclavitud, que hoy nos parece abominable. Los sacerdotes de algunos pueblos de la pasada historia creían de buena fe que constituía acción meritoria la que hoy estimamos como profanadora de la honra conyugal. No cabrá duda de que en tiempos futuros, cuando haya subido en muchos puntos la colectiva conciencia moral de la sociedad, rechazarán las venideras generaciones por inicuos algunos de los principios que actualmente parecen intangibles por lo que representan de fundamentales.

En la esfera personal, la conciencia moral está más o menos despierta, según la evolución de cada individuo, y así observamos que a unos les remuerde la conciencia y conocen por lo tanto la maldad de acciones que a otros les dejan indiferentes, y aún se figuran que no han causado prejuicio ninguno al cometerlas. Por ello se habla vulgarmente de quien “tiene la conciencia muy ancha” o posee una “conciencia muy estrecha”.

Aunque todo ser humano, normalmente constituido, experimenta un sentimiento de complacencia y bienestar cuando actúa bien, y se siente muy inquieto y desazonado cuando obra mal, pocos son los que se detienen a considerar la filosofía de este fenómeno psicológico.

La tranquilidad de conciencia, independientemente de los falaces juicios de las personas frívolas, es la piedra angular del edificio de la vida, el cimiento del carácter. Cuando se ha hecho cuanto de mejor se ha podido y sabido, se tienen fuerzas sobradas para arrostrar toda suerte de contratiempos, y se pueden levantar vista y frente tranquilas en medio del fracaso y del infortunio.