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FAUNA URBANA > POR LUIS ALEMANY

Vencedores y vencidos

   

No deja de resultar significativo que algunos medios informativos de la extrema derecha tinerfeña (ahora torpemente maquillados de un independentismo monoinsular de charanga y pandereta) se hayan rasgado enfurecidos las vestiduras críticas ante la alianza política contuberniada entre ATI (CC nunca fue otra cosa que un efímero eufemismo expansionista de muy escasa raigambre) y el PSC, a cuyo través muñó su investidura presidencial autonómica Paulino Primero (a partir de ahora Paulino II); calificando tal alianza de gobierno de perdedores, cuando esos mismos pintorescos sectores informativos chicharreros rebatían enfurecidos las reiteradas declaraciones proferidas -hará cosa de cuatro años- por López Aguilar (no queda más remedio que reconocer que cuando don Juan-Fernando se pone a reiterar suele hacerlo con indiscutible contumacia) de que la desdichada alianza de entonces de Paulino II -entonces apenas Primero- con el PP era un gobierno de perdedores: una aseveración que no admitía la menor duda, si a la estricta contabilidad urnístitica nos remitimos; al igual que sucede en esta ocasión.

Dicen que el hombre (especialmente el político: incluso habiendo nacido en El Sauzal) es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, de tal manera que no resulta soprendente la reiteración de Paulino II por insistir en la práctica pitagórica que enseña -como en estos dos casos de referencia- que dos minorías sumadas pueden resultar superiores a una mayoría; hasta el punto que incluso pudiera aducirse que en este segundo pacto político (tal vez resultara confuso -¿o confundidor?- hablar de repacto, porque la cultura popular propone que el que pacta y repacta trata siempre de llevarse la mejor parte) la supuesta condición perdedora del recién investido presidente autonómico es mucho menor que en la ocasión anterior, arrojando una equidad escañal (¡ojo, teclistas, con “a”! : no se trata -ni muchísimo menos- de reivindicar aquí la cuota de participación política femenina): por más que resultaría muy complejo aplicar, en el baremo comparativo de ambas ocasiones, el “perdedómetro” : hipotét(r)ico aparato para valorar la magnitu de los perdedores; porque (en última instancia) en la política -como en tantas otras cosas de la vida- todos somos ganadores y perdeores, según la perspectiva desde la que contemplemos las cosas.

En cualquiera de los casos, tal vez resulte ingenuamente maniqueo rasgarse las vestiduras ante pactos -como éste- aparentemente contradictorios, porque no deberíamos olvidar que la política es el arte de lo posible, pero tampoco que su ejercicio es un acto de amor, inequívocamente propio, a cuyo través se desarrolla la masturbatoria erótica del poder, que casi siempre convierte en ganadores a los políticos votados -hayan sido vencedores o vencidos- y en habituales perdedores a los votantes.